10 jul. 2017

La cercanía de la comunicación

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En un mismo día y en distintos lugares, la gente puede saber lo mismo: aquellos hechos ocurridos en el barrio más cercano, la situación política del país, cuántas horas duró el casamiento de Leonel Messi, cuán altos están los precios, a qué piba mataron hoy.

La comunicación nos vuelve cercanos. El cuerpo y la mente humana buscan constantemente todo tipo de contacto. El humano vive en sociedad y la sociedad es productora de información e intercambios comunicativos.

Así como la comunicación interpersonal es explícita y directamente cercana, la comunicación de masas, producida por los medios, al hacer que una sociedad sea mediatizada, vuelve cercanos a los desconocidos gracias a la difusión de la información. La misma noticia se distribuye por todos lados a través de todo tipo de medios: las personas reciben, consumen; luego hablan de ello.

Todo el mundo sabe lo que pasó en el día, nadie se pierde la nota más importante de la agenda mediática. Todos se enteran de lo mismo.
La información en común nos vuelve contiguos y convierte a los desconocidos en desconocidos cercanos.



Quien camina por la calle y se acerca a la parada del colectivo para a ir a su destino puede tener un intercambio de diálogo con alguien que jamás vio antes en su vida y aun así compartir la noticia del día y coincidir en lo mismo: "mañana habrá paro de colectivos por la inseguridad que hay".
A todos nos llega el dato.

La gente comenta y comparte... sin embargo, y a pesar de todo, no es lo suficiente madura como para lograr que la cercanía comunicativa se vuelva cuestionable (desde la recepción hacia su emisor), tampoco aun la sociedad se volvió accionable en su conjunto para lograr que, aquellos hechos que le aterran (como la "inseguridad" en este caso), deje de suceder. Porque la inseguridad la producen otros. Las víctimas somos nosotros. La comunicación de masas está en poder de quienes gobiernan.

Nosotros solo sabemos poco.
Somos cercanos para nada.
Y tenemos poco idea de esto.
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4 jun. 2017

Viajar en tren

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Viajo en el tren Roca hace más de una década. Cuando era chica solía frecuentarlo con algo de miedo: había mucha gente extraña y el entorno reflejaba una realidad alejada de lo que era mi hogar.
Ahora, y después de empezar a estudiar (y tener que viajar varias horas para eso), comencé a pasar más tiempo sentada en el tren que en mi propia casa. Todo eso que era ajeno y desconocido, en un par de meses se volvió parte de mi vida diaria.

Como estudiante de ciencias sociales a veces convierto los espacios que visito en campos y objetos de estudio. En este caso, el tren Roca se volvió mi lugar favorito de observación (una porque no me quedó otra y dos porque lo que pasa allí dentro refleja claramente lo que le ocurre a nuestra sociedad).
La comunicación visual es alta, los intercambios de palabras son escasos, los pensamientos son fuertes y, si es posible, se evita cualquier contacto físico (incluso cuando a la mañana el tren está lleno y viajamos todos apretados). Los únicos que hablan en este espacio público son los vendedores ambulantes.

Recuerdo lo distinto que era todo antes: un vendedor era un pobre desgraciado que no le quedaba otra que vender algo en el tren. Capaz llegabas a Constitución y solo te cruzabas con dos o tres en el viaje... siempre eran los mismos. Este año se ve todos los días a un vendedor nuevo, uno detrás del otro. No pasa un minuto que el de atrás ya está presentando, por diez pesos, con esa voz llamativa y vibrante, un producto superador al anterior.

Mujeres y hombres que ofrecen cosas baratas, más gente y niños que pasan a pedir plata a cambio de los que sea.. lo curioso de todo esto es que a medida que pasó el tiempo se fueron multiplicando.
Ver y comprarle algo a uno de ellos se volvió tan natural que nadie notó el aumento de sus presencias. Antes podían caracterizarse como los "pobres" y hoy en día ya son como un trabajador más. En conclusión, las condiciones laborales no dejaron de deteriorarse hasta llegar a considerar lo más precario en un laburo. Dolorosa realidad.




¿Por qué hay más vendedores ambulantes en el tren?
¿Será porque les gusta, porque decidieron eso para su vida? ¿Será porque se dieron cuenta de que vendiendo dos alfajores por diez pesos ganan más en un mes así que con cualquier otro trabajo? ¿Será porque quedaron desempleados... o no llegan a fin de mes y buscan otra alternativa?
¿Hace cuánto existen los vendedores ambulantes en el tren? ¿Acaso su existencia es culpa de los gobiernos? ¿Culpa de la sociedad? ¿De ellos mismos?

Cuando estaban los trenes viejos sus presencias no predominaban de la misma forma que hoy con los trenes chinos (qué lindo que por lo menos ahora viajamos en carcasas nuevas). Gracias Cristina y Randazzo, por impulsar esta reprivatización del ferrocarril y haber descartado una reindustrialización en el país dirigida y controlada por los propios trabajadores. Pero no, pactaron y permitieron más desempleo y atraso por un negocio con China: te entregamos máquinas (tranqui, no hace falta que las fabriquen ustedes) a cambio de explotarte el sur.

Trenes nuevos, más pobreza y desempleo.

Los que viajamos en el tren seguimos viajando igual (o peor). La apariencia de lo nuevo no significa nada, es solo una superficialidad para contener el dolor y la bronca del aumento de las tarifas y la continuidad del ajuste que sigue el gobierno actual de Macri. La gente que pasa a pedir plata creció cuantitativamente y los vendedores ambulantes son cada vez más. Los gobiernos pasaron y están... mientras tanto el Roca sigue reflejando la descomposición del Estado y el régimen social que nos controla y condiciona día a día.

No podemos mejorar sin una real transformación social. Las reformas (con los gobiernos que estuvieron y quieran estar) solo contienen esta descomposición capitalista que vemos y vivimos todos los días: en el tren, en las calles, en nuestro bolsillo, en el mundo... y en el resto de la humanidad. Porque el poder lo siguen teniendo ellos.

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16 abr. 2017

Individualistas

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Dicen que el ser humano es egoísta por naturaleza.

Si hoy en día la ciencia ya no es más darwinista, es porque reducir las actitudes y comportamientos de la humanidad al evolucionismo y al naturalismo de "es un instinto" demostró ser erróneo. Lo "instintivo" de las personas ya no es válido para explicarnos social, política y culturalmente. Si fuéramos egoístas por naturaleza, entonces no existiría la solidaridad. Y para argumentar, si el ser humano fuera individualista por naturaleza, jamás se hubiera agrupado (histórica y socialmente) para sobrevivir.

El ser humano no existió para ser solitario y exclusivo, sino que existe para vivir en sociedad. Esa es la condición de humanidad.

No se puede justificar que alguien no quiera ayudar a otra persona porque "es natural que sea así de egoísta". Esa actitud está condicionada por un montón de cosas más que hacen que aquel tome tal decisión, no es una mera cuestión innata. 

El ser humano es un ser cultural; por lo tanto, que una persona pase de largo indiferentemente frente a alguien que (por ejemplo) está durmiendo en el piso de la vereda, no significa que lo haga porque es lo normal... sino todo el mundo sería indiferente frente a las injusticias sociales. 
Por el contrario, hay gente que cuando ve algo así le duele, le mueve algo por dentro. También están quienes se detienen a ayudarlo... o simplemente entienden que la pobreza es un problema político y no natural.

Lo único natural en este mundo es la naturaleza, donde todo se explica por reglas, instintos... ciclos. No está atravesada por la historia ni produce historia, es el ser humano el causante y productor de la misma mediante su intervención en ella. Somos habitantes e interventores, es la naturaleza la que nos permite vivir. Luego está lo político y cultural que nos permite organizarnos socialmente.

Natural es comer y respirar. Todo lo demás está condicionado por nuestra cultura... que a la vez esta responde y está arraigada al sistema social en el que vivimos. Por lo tanto, si queremos una sociedad menos individualista, nuestra tarea debe ser cambiar de régimen social.
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5 mar. 2017

Por qué el mundo entero

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Un veterano de la guerra de Las Malvinas me regaló esto en el tren.

Un domingo a la tarde, volviendo a casa en el subte, me crucé con una familia extranjera que fue observada con cierta "sorpresa" por la gente que nos rodeaba en la estación.

No hablaban inglés ni portugués y estaba segurísima de que venían de África.
Si supieran la admiración y el aprecio que le tengo a su continente y a su cultura se hubiesen dado vuelta para ver la sonrisa que se me escapó al escucharlos hablar.
Las personas que estaban a nuestro alrededor no los miraron de la misma forma en que lo hice yo. Tal vez fue así porque se creyeron el cuento de que no somos lo mismo.

Cuando escribo sobre la sociedad, casi siempre lo hago pensando en el mundo entero y no sólo en las personas de mi país. Creo que reducir todo a lo nacional es ser egoísta y caer en el desconocimiento de nuestra verdadera esencia. El nacionalismo no es sinónimo de industria local y tampoco significa solo apoyar su desarrollo.
Ser nacionalista es encerrarse dentro de cuatro límites y por ende es rechazar a la humanidad entera.

En el continente donde vivo no somos todos iguales y a pesar de ser conscientes de ciertas diferencias (culturales, económicas, étnicas), construimos más barreras y límites para separarnos y desconocernos un poquito más, supongo.
Pero... ¿por qué tanto rechazo? ¿Por qué queremos distanciarnos de esa forma cuando en realidad tan distintos no somos?

Somos lo mismo pero desiguales.
Humanidad única, sociedades distintas.
Del mismo molde pero con apariencias, culturas y clases diferentes.

Lo que nos separa de nuestra condición humana para que no seamos del todo homogéneos es la cultura y la clase social. Todo lo demás son construcciones sociales inventadas por nosotros mismos: los muros, los límites, las barreras, los espacios, las nacionalidades.

El nacionalismo es rechazar a la humanidad toda.

El mundo es uno solo, somos habitantes de una misma tierra dividida por distancias, kilómetros, aguas, climas, geografías, idiomas.

La familia "negra" que conocí aquel domingo por la tarde en la estación de subte no eran muy distintos a mí ni tampoco a esa gente que los miró mal. Eran personas.... al igual que todos.

Porque al fin y al cabo la humanidad es una sola.
Y a esto me refiero cuando hablo del mundo entero.
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10 feb. 2017

Historias

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Dejamos huellas cuando caminamos y ecos cuando reímos o hablamos.
Pasar por algún lado es como escribir la historia, es completar el lugar: las plazas, las calles, las ciudades, los bosques, el campo, las rutas, las esquinas, las veredas, las casas de la gente. Todo está marcado y modificado por nosotros. Construimos, destruimos, decoramos, armamos, deformamos y dejamos recuerdos sea por donde sea que pasemos. Pintamos con nuestros colores.

A mí me gusta conocer lugares nuevos porque de repente los puedo llenar de historias.
Es como escribir una hoja en blanco o pintar un cuadro: los espacios se vuelven imágenes de momentos pasados.
Imaginate la cantidad de anécdotas que puede tener un pequeño lugar: el mundo entero siendo escrito por la sociedad.
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2 feb. 2017

Una mala costumbre

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Acá estoy después de haber dejado atrás todo.
Tan abandonado que tengo el blog que habrán creído que Aylén no escribe más o se fugó por ahí para no volver nunca más. Pero no, acá estoy.

Tomo café aunque sea verano para recordar esas tardes de invierno llenas de inspiración en las que me sentaba a escribir hasta que me doliera la mano. Tengo dos cuadernos que ya estoy por terminar, uno dice en la tapa "Sé el cambio que quieres ver en el mundo". Ambos están más llenos y vivos que este blog, ahí tengo todo y acá nada.

La respuesta es no, Aylén no dejó de escribir, pero sí se siente decepcionada con su escritura. Se ve negada a compartir algo. Ya no le sale como antes. De hecho, el año pasado Taller de expresión I le rompió el corazón porque hizo que se diera cuenta de que no es la escritora que creía ser, que escribe mal y nunca se expresa como le gustaría expresarse.

No soy cien por ciento buena en lo que más amo hacer en este mundo. Ya no escribo novelas, tampoco crónicas universitarias, reflexiones filosóficas o sueños idealistas. Mis cuadernos se nutrieron de vivencias, cosas que sentí, viví y pensé. Experiencias lindas, feas, tristes y felices. Los odié porque se terminaron convirtiendo en un diario íntimo. Incluso El mundo de Aylu, que para colmo un nombre más egoísta no podía elegir.

Entre mis cuadernos guardé boletos de tren, tickets de cuando salí con alguien, entradas de un recital, apuntes de un curso de formación política que hice en diciembre, una lista de cosas para escribir, entradas de cuando fui al cine y la pasé muy bien, cartas de los nenes del comedor.
Al parecer las palabras no me son suficientes, algún testigo tengo que dejar por ahí entre las hojas.
Nunca nada me es suficiente... nunca me alcanza.

En el 2008 abrí mi primer blog. Ahí escribía, junto con mi hermana, sobre nuestras mascotas. Era como una especie de sustituto del fotolog, pero con más estilo. Lo dejamos.
Crecí y empecé a subir novelas. En el 2012 abrí tres blogs más. Los dejé porque me dieron vergüenza. Me daba vergüenza lo que escribía y podía a llegar a leer. Supongo que es porque crecí.
En el 2014 tuve otro blog y creí que iba a ser el definitivo porque me di la libertad de escribir en él lo que se me cantara, así como en este. Pero lo dejé porque me traía malos recuerdos y tenía ganas de abrir uno nuevo.
Todos... todos me aburrieron. No soporté estar más de dos años con cada uno. Les cambié el nombre, el diseño, los modifiqué, los cerré, los eliminé o los dejé en privado. Intenté olvidarme de ellos para siempre o hacer de cuenta de que jamás existieron. Me arrepentí de todos y mis ganas de dejarlos por uno nuevo fueron proporcionalmente iguales a la cantidad de veces que me mudé de casa y de barrio durante mi infancia. Supongo que por eso me aburro fácil de todo y al tiempo necesito algo nuevo.


Aylén, no todo es reciclable. 
Pero ando por ahí dejando basura y tirando al piso papeles arrugados a mitad de escribir.

Quiero narrar y relatar sobre muchas cosas, abrir cientos de blogs e ir borrando los viejos para que no queden huellas de mi escritora del pasado: más joven, más ingenua, más idealista, más soñadora.

Por primera vez en mi vida sentí lo que era escribir por obligación. Una materia de la facultad que creí amar terminé odiándola, despreciando mi propia escritura y el arte de sentarme a desarrollar las palabras sobre el papel. Lloré al ver la hoja en blanco, me frustré cuando lo que leía no me gustaba y llegué hasta quedarme dormida mientras lo hacía. Escribía para cumplir y ya no podía soportar la acción de releer esos textos que no tenían sentido. Esa no era yo... o sí, pero no la que creí ser siempre.

Mis cuadernos terminaron convirtiéndose en relatos y no tanto en ideas e inspiraciones sobre el mundo como antes. Hice más cosas de las que escribí. Sentí mucho más de lo que todas aquellas palabras pudieron expresar. Pero lo hice solo para mí, por egoísta, porque no quería decepcionar a más nadie. Suficiente lo estaba yo.


Y no escribí más en este blog. Un tiempo lo dejé en privado, quise modificarlo, hacerle unos retoques en el diseño... pero acá estoy quejándome. Porque no me alcanza el tiempo, porque metí cuatro materias por cuatrimestre mientras militaba a tiempo completo y prometí ser el cambio que quiero ver en el mundo. Pero dejé atrás muchas cosas.
Al final no disfruté tanto del estudio como creí que lo iba a disfrutar, fue más tortura que otra cosa. Me quise tragar el mundo entero de una y aunque al final me fue muy bien, no la pasé tan así.

¿Dejar todo o seguir?
Ya no tengo más café en la taza.
Pero tengo ideas nuevas.
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1 ene. 2017

Instructivo para atravesar un muro

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Si estás leyendo esto, es porque tu intención es atravesar un muro y no sabés cómo. Apuesto a que lo observaste en vez de enfrentarlo e imaginaste el cómo sería estar del otro lado que el cómo podrías cruzarlo.

Para lograrlo, antes se debe conocerlo. ¿Vos sabés qué es un muro? Un muro es algo que se construyó para impedir ver o estar del otro lado, ¿quién lo construyó? ¿Con qué fin? No olvidemos que además es una limitación. ¿De quién o de qué te quieren separar? También puede ser utilizado como defensa o protección. ¿Estás seguro de que querés pasarlo? ¿En serio no te querés quedar ahí?

Ahora que sabemos lo que es, necesitamos conocerlo de lo que está hecho. Ponete de pie frente a él e inspeccionalo. ¿Está formado de recuerdos, palabras, miedos, inseguridades, ideologías o de historias? ¿Cuál es su materia?

A continuación, vas a necesitar medirlo... aproximadamente, no se requiere nada exacto, es solo un obstáculo. Y no es que quiera retrasarte, pero aún tengo más preguntas; ¿tenés idea de lo que hay del lado opuesto? ¿Te dijeron que allá es seguro? ¿Qué pasa si no hay nada y te arrepentís? No existen instrucciones para volver atrás, ¿lo sabías?

Un muro existe por algo y fue construido con un propósito. Para atravesarlo, hay que dejar de pensar en divisiones, en limitaciones, impedimentos, miedos y en imposibles... como si nada de eso existiera. Imaginá un espacio sin interior ni exterior, sin lo público y sin lo privado. Acto seguido, tocalo. No tengas miedo, es solo un muro.

Ya está, ahora podés pasar caminando, corriendo o gateando... respirá bien y no mires hacia atrás, por más cliché que suene.

¿Qué pensaste, que te iba a decir que lo rompas, que lo saltes o que te estrelles contra él? ¿Para qué? Si después, cuando lo cruces, te vas a dar cuenta de que jamás existió un muro para atravesar.
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14 ago. 2016

Fotografía social

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Cuando empecé a sacar fotos por hobbie, tenía diecisiete años y una cámara semipro abandonada por su propia dueña. Ese día mi manía por darle utilidad a las cosas inútiles y olvidadas que hay en mi casa, me hizo salir a pasear por la ciudad con mis amigas con la cámara colgada en el cuello.

Fue así como descubrí que además de fotografiar la ciudad y los paisajes, me gustaba retratar a las personas. De tanto observar, empecé a notar un valor artístico en la espontaneidad de la gente en el espacio público y me convertí en una cazadora de poses que no son poses y momentos casuales que transformé en únicos.

Más tarde me pregunté si podía convertir a la fotografía en algo social. Porque así como le busco la utilidad a las cosas inútiles de mi casa, examino e intento registrar lo positivo y constructivo a los instrumentos que creamos para crear: en este caso, la cámara.


Sentí que la fotografía podía ser algo más que un arte y una pasión: ¿Y qué tal sería que esta fuera un portal hacia la realidad y la toma de conciencia social?
Investigué sobre lo que comenzaba a hacerme ruido y me encontré con el fotoperiodismo y luego con la fotografía humanista, dos prácticas que retratan la realidad.
"Aylén, vos siempre caés en el mismo círculo: hobbie -> pasión -> pregunta filosófica -> investigación -> reflexión -> descubrimiento -> cambio de paradigma -> nueva utilidad a una cosa". No hay caso, la fórmula siempre es la misma.


Cuando empecé a ir todos los sábados a Villa Inflamable, mi visión de la fotografía, tanto como del mundo, se modificaron por completo. Fue un cambio de paradigma que despertó algo nuevo en mí y qué lástima que estuvo dormido tanto tiempo.

¿Qué pasaría si les saco una foto? ¿se molestarían?
¿Y qué ocurriría si la subo a alguna red social? ¿Qué pensaría la gente de instagram, acostumbrada a corazonear paisajes majestuosos, selfies vacías y fotos de comida, al ver una imagen de un par de nenxs en la villa?


Le encontré la vuelta social a la fotografía: retratar la realidad no con un fin artístico, sino con la intención de concientizar, hacer ver y generarle algo al espectador. Que la foto sea fuerte, que choque, que provoque algo: no placer estético, no alegría o admiración; sino todo lo contrario. Que genere indignación, pensamiento y reflexión.


Una persona utilizando una herramienta sobrevalorada que levanta egos, para fotografiar a otras personas en los lugares menos fotografiados... para mostrar lo que está y siempre estuvo, lo que nos rodea y naturalizamos, lo que existe y no debería de existir. Pero está y lo muestro, porque esta también es nuestra sociedad.
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6 ago. 2016

Comunicación: Cuestión de escritura

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Escribir es para la gente que sí o sí tiene una pizca de introversión, sino no habría necesidad de comunicar palabras que solo están en la mente y se sienten desde lo más profundo. También es para quienes deben decir algo, ¿Sino por qué se escribiría?
Nadie nace sabiendo que quiere hacerlo durante toda su vida, más bien es una habilidad que se va formando con el tiempo y las experiencias, que va tomando constancia y naturalidad en pos de disfrutar de esta.

Las personas que escriben no se dan cuenta de que lo hacen hasta que sienten placer al sentarse para agarrar el lápiz y plasmar palabras. Quien escribe sabe que es una necesidad o, simplemente algo que no se puede explicar muy bien y que surge desde adentro; por lo tanto, también es un impulso.

La escritura es otra de las tantas herramientas que creó la humanidad. En un principio nació para no olvidar, luego para informar y casi siempre para jugar con ella y darle un sentido estético.
A veces me pregunto qué otro tipo de uso puedo darle.


Una idea no siempre sale sobre el papel tal cual se construyó en la mente —y a menudo ocurre que cuando se lee lo que se escribió libremente, el texto no quedó del todo correcto—. Enfrentarse a las reglas de escritura no es de lo más apasionante para quien escribe solo por el amor al arte y no por amor a la perfección. Duele cuando los párrafos cambian y pierden cierto sentido retórico y personal cuando son corregidos. Los ves y... ya no son los mismos. Sonaban lindos así, tal cual fueron producidos por primera vez con sus propios defectos. Las reglas los transformaron en algo serio; lo que antes era una idea y estuvo intacta en la mente, fue vestida de elegante.

Se escribe cuando el pensamiento se vuelve palabra, la mano no deja de moverse y el mundo desaparece. No hay nada alrededor, es pura soledad y voz interna. "Es el acto más solitario que existe", dijo una vez mi profesora de Derecho a la Información, "... y requiere de mucho esfuerzo, no es fácil escribir, genera cansancio y desgaste mental porque es un descargue, es algo que sale y hay que saber sacarlo".

A veces, solo a veces me pongo a pensar en la suerte que tuve de enamorarme de la escritura.

"Aylén, quiero mostrarte lo que escribí: Hoy estoy sola y está oscuro y me siento triste porque hoy mi papá se acostó conmigo y después se fue o sea se volvió a su pieza...". Me leyó. "Siempre escribo lo triste", me dijo.
Mi sobrina tiene siete años.
"¿Y por qué escribís lo triste?" Le pregunté.
"Para no olvidarme, porque lo feliz siempre me acuerdo".
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24 jul. 2016

Crónicas Universitarias: Secuelas Universitarias

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 Secuelas universitarias según wikipedia*:
Secuela (del latín sequēla "lo que sigue", "consecuencia"), en la universidad, es el cambio y/o transformación psíquica tras una excesiva acumulación de conocimientos.
Una secuela es la alteración de la mente y la forma de ver las cosas en el mundo, consecuencia del estudio, de rendir varios parciales en una semana o de dedicarte por completo a la universidad (tras tomarse en serio la carrera).1 Se considera secuela a partir del momento en que no se pueden resolver las consecuencias o la vuelta atrás hacia la ignorancia plena. Generalmente el/la estudiante suele precisar una adaptación física y/o psíquica a su nueva situación vital.2 Aparece después del primer o segundo cuatrimestre de la carrera.
Secuelas del 17/04/16

Creo que debería dejar de escribir sobre la universidad, ¿Pero cómo hacerlo si desde el año pasado se convirtió en una prioridad de mi vida?
Desde que empecé a estudiar no volví a ser la de antes y comencé a sentir la "sed de conocimientos" de querer saber más de lo que me decían los apuntes y, a partir del año pasado, las charlas que más disfruto son sobre lo aprendido académicamente: los debates con mis compañerxs sobre los temas estudiados es lo más genial que hay. En consecuencia, cuando voy a comprar al supermercado, camino por la calle, viajo en el transporte público o visito un shopping, comienzo a analizar la realidad con otros ojos.

Lo único feo de aprender todos los días algo nuevo es, como diría Sócrates, que sabés que nunca vas a saber nada, o por lo menos, nunca vas a saber lo suficiente.
Los meses pasan y las ojeras ya se te tatúan automáticamente. Pero no te preocupes, la gente que te rodea va a naturalizar tu cara masacrada y al corto plazo ya nadie se va a asustar. Tampoco van a tener problemas con verte despeinada o con la remera al revés, al poco tiempo entienden que ese es el precio de querer ser una futura profesional. Después de todo no fue casualidad cruzarme por los pasillos con gente en pantuflas en invierno y personas descalzas en verano.

Poco a poco, vas incorporando la costumbre de sentirte cómoda en tu segunda casa y a dedicar tus ingresos económicos solo para apuntes-libros-sube-comida-y-café. En tus cuadernos tu letra ya no es como en la secundaria. Si antes era prolija y bonita, ahora no te entendés ni vos. Después de todo terminás convirtiéndote en una anotadora de apuntes experta y aunque nadie te entienda la letra, te piden que se los pases.
Con el tiempo comienzan a importarte otras cosas y comenzás a desinteresarte por otras. Sociabilizás hasta en el baño de la facultad y todos los días conocés a alguien nuevx que tal vez no lx vuelvas a ver nunca más.


Secuelas del 25/06/16

Cuando empezás la carrera renegás más que en el CBC (o que el curso de ingreso). De repente caés en la realidad de aquel dicho "durante la carrera te vas a encontrar con materias que no te van a gustar" y te querés matar porque no te queda otra que fumártelas.

Comenzás a estudiar y a descubrir cosas nuevas: en mi caso este cuatrimestre fue sobre medios, derecho, radio, escritura y antropología. Desde entonces ya no me pude sentar a ver la televisión como antes, ya nada es igual. La universidad me convirtió en un monstruo que analiza programas de tv, publicidades, películas, series y noticieros. Ya no puedo consumir lo audiovisual como hace un par de semanas atrás, ¿En qué me han convertido? ¿Alguien puede devolverme mi hermosa y dulce ignorancia, por favor? Mi abuela diría que me lavaron la cabeza y un evolucionista diría que mientras toda esta acumulación de conocimientos sea ascendente, estaré más cerca del progreso intelectual.

Tuve un cuatrimestre de locos: horarios horribles, clases públicas en la calle con menos de diez grados centígrados, trabajos prácticos semanales, días completos dentro de la facultad, decepciones, días muy martes trece y una relación amor-odio con la comunicación. En este tiempo no solo escribí muchos textos académicos que me mandaron para taller de expresión, sino que también hice mi primer programa de radio y mi primera entrevista —en grupo, claro— a alguien dentro de los medios. 
¿Pueden creer que ese día estaba enferma y me quedé sin voz? Sí, hice la entrevista y el programa de radio SIN VOZ. Levante la mano quién tiene menos suerte que yo.

Podría continuar con el registro de secuelas negativas, pero es inevitable agregar también, que durante este período se abrieron puertas hacia caminos que actualmente estoy transitando y todo gracias a la universidad: conocí personas geniales, descubrí un poco más a qué me quiero dedicar y empecé a hacer lo que me gusta.

Cuando les escribo que ahora no soy alguien que sueña con hacer cosas sino que en cambio las hace, lo hago en serio. Si no estuve presente en el blog fue porque además de dedicarme a la facultad, estuve haciendo cosas por la sociedad. Porque cuando les digo que ya nada es como ayer y que no miro la televisión como hace algunos meses atrás es en serio. La universidad te saca de un lugar para llevarte a otro y no lo entendés hasta que te pasa. Te cambia la vida... te cambia todo. A veces creo reconocerme poco, pero la Aylén profesional que está surgiendo me gusta y bastante.

Estoy atravesando un gran cambio de paradigma en cuanto a mis objetivos de vida y aún no logro superar la crisis universitaria de la que les hablé una vez. Pensé en cambiarme de carrera pero todavía sigo acá, creyendo que no es mala idea ser comunicadora. También por un momento escuché a mi Aylén antropóloga interior, que está ahí desde que soy chiquita y que me susurra que deje todo y sea investigadora, que eso va mejor conmigo. Pero... no sé, no puedo. Estoy acá atrapada en otra parte que me gusta pero me tortura. Sí, hoy quiero declarar que Comunicación y yo tenemos una relación amor-odio, pero la estamos remando.
 "No eres tú, soy yo", le dije el otro día.


Secuelas del 14/07/16

¿Será que la crisis universitaria sigue en pie y nunca se fue? ¿Será que tanto estudio, lecturas nuevas y cursadas intensas te lavó el cerebro? ¿Será que llegar a dormirte en el teórico de Taller de expresión I te superó, cuando creíste que iba a ser tu materia favorita?
Suspirás, entrás a tu blog, intentás escribir algo pero no te sale nada. Releés tus entradas anteriores para buscar motivación y, en su lugar, tenés ganas de arrancarte los ojos al ver lo mal que escribías.
Entendiste que llegó la hora de aceptar que tu escritura no es tan buena como parece, que tenés errores de puntuación porque ponés las comas, donde no van y sufrís exceso de repeticiones de palabras palabras. Pero le ves el lado positivo: haber cursado taller te ayudó a mejorar, a detectar tus errores de redacción y a querer ser mejor en tu forma de expresión.

Y de repente te encontrás sola tomando mate amargo como lo hacés en la facultad con tus compañerxs y pensás en el CBC, en lo  lindo que sería volver a vivirlo solamente para sentir la ingenua ilusión de empezar Comunicación, sin saber realmente qué era lo que te estaba esperando o, para volver a ser esa Aylu del pasado, un poco más inmadura y soñadora. Al fin y al cabo, las secuelas universitarias te dejaron mucho más que ojeras y aprendizajes nuevos.

Nuevamente suspirás y te acordás cuando la semana pasada te quedaste dormida en la entrega de carpeta y tuviste que atravesar una odisea con el transporte público para poder llegar a la clase cuanto antes. Intentás reírte de vos misma pero solo te dan ganas de autopalmearte el hombro para decirte: Aylu, ni vos te entendés. Tu cabeza nunca antes había sido el quilombo que es hoy. Ya no tenés remedio, ya está, todo fue hecho.

Que los prácticos a la mañana, que los teóricos a la noche, que los parciales todos juntos, que las clases infumables, que lxs profesorxs copadxs y lxs forrxs, que tu falta de ganas y motivación para leer los textos, que los viajes horribles en el tren para llegar a cursar, que aquella vez que te quedaste sin voz el día que tenías que hacer una entrevista y un programa de radio, que un pibe que salió en las noticias por haberse recibido de abogado en dos años y medio y que tu familia te pregunte: ¿Tu carrera también se puede rendir libre?

¿Tanta suerte ibas a tener, Aylén?


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