23 nov. 2018

Mujer, trabajadora y luchadora como Marlene

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Ella es de Carpapata Perú, un pequeño pueblo donde solo podía escuchar la radio y no tenía televisión. Es colla, autóctona de los incas de parte de su madre y sabe hablar un poquito quechua, aunque no se acuerda mucho. Marlene Rocío Palomares Collachagua tiene cuarenta y seis años y trabaja como cocinera en un instituto de educación especial en Capital Federal. Actualmente tiene un emprendimiento de locales de ropa en Alejandro Korn. Su experiencia de vida como trabajadora, mujer, luchadora y extranjera demuestran la realidad en la que vivimos día a día: un sistema de opresión y explotación en donde los países latinoamericanos y los sectores sociales bajos son los más afectados.

Ella dice que es trabajadora de la clase baja, que quiere darle lo mejor a sus hijos y enseñarles que “todo se puede en esta vida”. Acá en la Argentina trabajó en geriátricos, en verdulerías, en puestos de diarios, en una lavandería, en un puesto de flores, en una fábrica, como cuidadora de personas mayores, como limpiadora de edificios, casas y departamentos. También trabajó como cocinera ad honorem en un comedor comunitario de La Boca a cambio de un plato de comida y mercadería. “Yo cuando llegué acá a Argentina sentí que estaba tocando el cielo y pisando el paraíso”, dijo con el mate en la mano. Marlene tuvo una niñez y una adolescencia dura, pero una vida llena de frutos. Por eso siempre tiene algo para contar, una experiencia para compartir y una lección para comunicarle a todo el mundo: es una mujer luchadora que nunca se dio por vencida.

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Su primer trabajo lo tuvo a los trece años cuando se fue de su hogar para irse a Lima y ser niñera a tiempo completo en la casa de una familia judía. “Me fui de casa porque veía que ya la situación no daba. Yo trabajaba y le mandaba plata para mi mamá, y después juntaba para estudiar también”. Ella ya no quería estar ahí, en su casa vivía en un contexto de constante violencia.

Marlene aún era joven y quería terminar sus estudios, para eso trabajó en una panadería con su tía. Se levantaba a las tres de la mañana, entregaba los panes a las cinco y después de eso iba a la escuela gracias a la platita que juntaba todos los días. “Yo la verdad admiro a mi tía, es una mujer trabajadora, yo a esa edad decía yo voy a ser como mi tía Leoncia, está viva todavía”, comentó.

Cuando terminó de tomar mate relató la convivencia con su segunda pareja: “Fue la peor parte de mi vida, era un hombre golpeador, más que mi papá. Al principio lo vi tan bueno, pero cuando me junté con él yo le decía: tú eres el diablo vestido de ángel. Me golpeaba, me golpeaba, me golpeaba tan mal, que después me acordaba de mi mamá y decía: mi mamá habrá aguantado por nosotros. Yo no me quería separar porque si yo me separo, mi hijo Kevin no tiene papá, Nando no va a tener papá, hasta que me embaracé de Antonito”, relató con lágrimas en los ojos. “Fue la peor parte de mi vida. Dije, no voy a tener más hijos, no voy a vivir más con este hombre”, a Marlene se le quebró la voz. “Me voy. ¿A dónde? No sé, pero me voy. Decidí dejarlo”.

Le pregunté a dónde había decidido irse y me contó lo más importante de su historia: “Tengo primas en Italia, ellas me dijeron vente para acá. Y dije me voy a Italia, pero sin mis hijos. Antonito tenía un mes de nacido. Agarré bien mi corazón, lo até bien a mí y dije me voy a Italia, pero cómo hago para llevarme a mis hijos. Llegué a Lima, iba a ir a Italia de manera ilegal, mi prima me mandó un curso para venirme a Bolivia, allí me hicieron un documento boliviano, una mafia. Una mafia que lleva gente ilegal al extranjero. Llegué a Bolivia y me hicieron el documento boliviano donde me llamaba Virginia Pérez, ya no era más Marlene Palomares, era Virginia. Iba a irme como boliviana a Italia. Yo me quería ir, era la única forma. La mafia me hizo estudiar el himno nacional, los platos típicos de Bolivia… tuve que estudiar todo”, declaró.

Marlene explicó que Virginia Pérez en realidad existía, que era una persona que le había vendido su identidad: “Terminé de dar todos mis exámenes y llegamos a la Argentina, nunca me voy a olvidar. Fue una agencia de viajes ilegal, nos cambiaban de identidad y nos llevaban a la Argentina. Cuando llegué acá como Virginia Pérez, nos instalan en un hotel donde ya adentro hacíamos reuniones y salíamos de a dos hacia Ezeiza. Los primeros dos llegaron bien, pero después salieron otros dos y no había noticia de que llegaron. Cuando nos enteramos, a los cuatro días que no había noticias, estaban acá en la cárcel, los habían detectado que no eran bolivianos”.

En ese momento su destino se desvió hacia otro lugar. Italia ya no era más una opción, su objetivo cambió. En el 2004 cuando tenía treinta y un años, Marlene tomó una decisión que marcó su rumbo: “De ahí dije, no, yo no voy a viajar más. Estaba ya sin plata, tuve que dormir en la plaza de Once yo y mis cuatro compañeras. Dije no voy a ir, yo me quedo acá, si acá hay vida. Yo voy a trabajar y voy a traer a mis hijos, acá voy a poder traerlos. Yo sabía que acá podía trabajar y comunicarme con ustedes normalmente, y mis hijos podían estar acá conmigo”.

Con la voz a punto de quebrar, confesó su vida a la intemperie, sin un techo, sin trabajo y sin su identidad real: “Compraba tres kilos de mandarina, uno para el desayuno, otro para el almuerzo y el otro para la cena. Dormía en las calles de Once con mis tres compañeras que siguieron mi camino. Nos íbamos al subte y nos prestaban el baño para bañarnos, cambiarnos y asearnos. No sé quiénes son esas personas que nos ayudaron, quiero ir a agradecerles pero nunca los encontré. Después en las verdulerías empecé a buscar trabajo con compatriotas míos, tanto he caminado que llegué hasta Constitución. Parecía que Argentina era mucha paz porque yo vine de Perú donde había mucha muerte, para mí este país era un paraíso. Así que llegué a Constitución, me dieron trabajo en la verdulería, una compatriota mía, una Cusqueña. Me pagaba dos pesos por día. Ahí trabajé, luego dormía ahí, tenía cama y todo. Así que para mí era lo mejor. Yo les decía a mis compañeras tenemos que encontrar trabajo, pero nadie nos conoce, no tenemos identidad propia, estamos como delincuentes. Pero esto se puede arreglar, todo se puede en esta vida.  Se puede arreglar, yo lo voy a arreglar, me tengo fe”.

Marlene reveló la estructura social en la que vivimos: “En Perú no existe la clase media, existe la clase alta y la clase baja. La clase alta es un diez por ciento y la clase baja es un noventa por ciento, quiere decir que la clase alta domina a la clase baja. La clase alta domina al gobierno para que la clase baja no trate de pensar mejor. ¿Qué hace la clase alta? Le cobra a la clase baja la educación y la salud para que no piense, para que sean ignorantes y trabajen a su mandato. Son pocos los que llegan a ser universitarios y los que llegan, tampoco les dan trabajo. Yo soy de la clase baja. Mi conciencia es esa, salgo para mejorar mi calidad de vida. Yo no quiero volver a Perú, porque si vuelvo voy a volver a ver las muertes, voy a ver la violencia en todo sentido de la palabra, violencia personal, violencia de mi niñez, violencia en el país. Me considero trabajadora de la clase baja, soy extranjera, tengo que poner mi granito de arena, me tengo que ganar el pan del día”.

Ella dice que toda su vida trabajó en negro hasta que tiempo después de haber entrado en el Instituto de educación especial, le ofrecieron el puesto de cocinera. Señaló que el trabajo en negro es explotador, porque durante todo ese tiempo no tuvo aportes ni obra social para cuidar a sus hijos. “Es algo que no te da todos los beneficios como a los demás, más que nada a nosotros los extranjeros. Nosotros los extranjeros estamos sometidos a aceptar lo que venga porque venimos de países en crisis”, comentó.

Con un sinfín de anécdotas para contar, desde las cosas más bellas a las más duras, Marlene provoca esa sensación de creer que vivió mil vidas.

Mujer de mil oficios, de alma y brazos fuertes, de sonrisa encantadora y risa contagiosa: ella es Marlene con todas las letras.

¡Feliz cumpleaños, genia!

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4 sep. 2018

Sé el cambio que quieres ver en el mundo

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A cinco cuadras de mi casa

Cuando era más chica asigné esta frase como premisa principal de mi filosofía de vida. Entendía por ella que no solo debo ser un ejemplo o modelo de persona para mejorar las cosas de mi entorno y del mundo sino que mis actitudes positivas podrían contagiar a las demás personas y así lograr que muchas hagan cosas buenas por el bien de la sociedad. En esa época comencé a asistir una vez por semana a comedores comunitarios y realizaba actividades recreativas con las niñas y los niños de los barrios más carenciados del conurbano de Buenos Aires.

Creí que si yo misma me esforzaba por mejorar las cosas, realmente todo iba a mejorar. Pero las sonrisas de esos niños duraban lo que duraba mi visita, porque al volver a sus realidades todo era distinto y yo no podía hacer nada para cambiar sus condiciones de vida. Yo sí era un cambio en el mundo porque comencé a hacer algo por lo que creía que estaba mal, pero no lograba cambiar por completo el mundo ni la vida de nadie. Mi ejemplo ni mis acciones iban a conseguir que el hambre y la pobreza dejaran de existir porque eso jamás dependió de mi voluntad individual sino la de una base y un sistema social que va más allá de mi misma.

Después de darle vueltas y vueltas a la frase, concluí que la responsabilidad individual de la que tantos hablan es una acción aislada que se desfigura en el aire mientras la gente que tiene el poder de dirigir y manejar las condiciones sociales y económicas hace lo contrario a mi propia acción idealista de cambiar el mundo. Ayudar a los demás comenzó a significar algo mucho más que la simple solidaridad y el buen corazón.

Dicen que sé el cambio que quieres ver en el mundo lo dijo Gandhi, un gran influyente político de la India que predicó la paz y el nacionalismo y que hoy en día es reconocido mundialmente por su buen ejemplo. Es casi como una figura a lo Frida Kahlo, lo podemos encontrar en todos lados: en librerías, películas y hasta en diseños de almohadas para decorar ambientes.

Yo soy el cambio que quiero ver en el mundo, pero a Gandhi le faltó explicar un par de cosas más. Por eso aún me pregunto qué hay detrás de esa famosa frase que cada vez que la leo y la pongo en práctica siempre encuentro algo nuevo.

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27 jul. 2018

Cuando te cuesta escribir pero necesitás contar

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Otra vez reniego con el sistema de la facultad que no me asignó las materias que pedí, así como en todos los cuatrimestres que comienzan con una lucha por cursar en horarios difíciles. Todo es una burocracia que carcome la paciencia y las ganas de empezar.

Este año dejé el trabajo porque no me dejaban estudiar, salía a las doce de la noche de ahí y no me daban días de estudio y a pesar de que me ascendieron tampoco me aumentaron el sueldo como me habían prometido. Tuve problemas con mi jefe y muchas veces volví a mi casa llorando. Pensé en buscar otra cosa mejor y mientras tanto quería estudiar y volver a dedicarme a lo que más me gusta hacer que es escribir. Ahora escribo en Revista Ahora y seguramente sea redactora en otra pero por el momento no tengo un trabajo fijo ni remunerativo.

Cuando cumplí veintiún años me volví a dar la cabeza contra la pared y entendí que las cosas no me iban a resultar tan fáciles como pensé. Perdí a muchas personas en mi vida y se murió mi gato. Lo extraño tanto que sueño todos los días con él, que viene y yo lo abrazo. Todavía me duele tanto que siento no superarlo nunca más.

Me enamoré por primera vez, conocí gente nueva y por un momento sentí que mi psicóloga quería convencerme de que lo mío no es escribir sino que hay otra cosa por ahí. Conocí en persona a mi escritora favorita y hablamos mucho sobre la escritura y lo que nos pasa a cada una cuando nos bloqueamos. También me decepcionó la persona que más admiro en mi casa y ahora todo es distinto.
Descuidé muchas cosas y casi me cambio de carrera pero estudié tanto que en economía me saqué un cuatro y después un diez. Perdí mucho por descuidar y calculé que me faltan tres años para recibirme pero que me importa  más lo que aprendo que el tiempo que me falta.

Soñé tantas pesadillas que comencé a contarlas como anécdotas y a analizarlas en relación con mí día a día como si intentara autopsicoanalizarme. Al fin y al cabo este blog es solo una ensalada de cosas que escribí y quise compartir pero que quedó ahí y ahora ya no tiene importancia. Muchas veces tuvo una cierta tendencia a ser un diario íntimo aunque no lo fuera o aunque no quisiera. Gracias a él entendí que una escritora es una persona que vive mucho y a veces le cuesta escribir, pero que siempre necesita contar.


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5 may. 2018

Análisis crítico sobre la teoría de Thanos de la película Avengers "Infinity War"

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En abril Marvel nos trajo su última película de Los Vengadores y no faltó quien la aplauda. Los fanáticos y el público a fin de los superhéroes expresaron su crítica positiva al filme y destacaron el gran final de Infinity War. En el siguiente artículo busco desmitificar la teoría central de la película por la que alude la trama desde una perspectiva crítica.


En la película, el universo completo corría peligro por una criatura llamada Thanos, quien estaba convencido de que su misión iba a resolver todos los problemas de la humanidad: el hambre y la pobreza. Según este personaje, la superpoblación causaba todas las miserias sociales existentes y para terminar con eso, su propuesta era matar a la mitad de la población. En síntesis, el problema de la humanidad se reducía a la cantidad de las personas existentes. Nada más y simplemente que eso.
Para lograrlo, se dedicó a completar la totalidad de las gemas de su guante del infinito para tener el poder suficiente para matar. Nada parecía detener al villano, ni siquiera los propios superhéroes.

Si bien Thanos no es el único creyente de esta teoría, podemos encontrar en la historia que en la economía política existió un teórico llamado Thomas Malthus, quien desarrolló una "ley natural" de la miseria de la población en términos reduccionistas, donde explica que el problema es demográfico y que a través de las guerras o epidemias, al perder parte de la población por dichas muertes, el equilibrio social y económico volvería a su normalidad. A pesar de esta teoría, se demostró en China que el problema no está en evitar el crecimiento de la población al crear la política demográfica de el "hijo único" para mantener un crecimiento económico sostenido, ya que luego de unos años se demostraron sus consecuencias: excesiva población adulta frente a la cantidad de niños, niñas y adolescentes; cantidad excesiva de hombres frente a la cantidad de mujeres, abandono de bebés niñas por tener preferencia en los varones, crecimiento de la trata de personas y la prostitución, y por último, la migración de las personas hacia otros países. Ninguna política ni teoría demográfica es capaz de evitar los problemas sociales.


Volviendo a la película, podemos ver que los superhéroes, ajenos a las reales necesidades de la sociedad, se unen para impedir que Thanos mate a la mitad de la humanidad. Marvel desvía la verdadera solución al hambre y la pobreza (como lo han hecho todas las historias de su autoría y cualquiera que trate sobre superhéroes que quieren salvar al mundo). Se excluye de la estructura económica y política y reorganiza su trama centrada en un único problema como es la muerte y sólo se busca evitarla. Los superhéroes no luchan para cambiar el mundo y mejorarlo sino para mantenerlo calmo, estable y bajo control. Nunca lucharon contra la pobreza ni las desigualdades sociales, solo buscaron evitar la muerte.

De esto se trata la trama expuesta por Marvel que es consumida masivamente por gran parte de nuestra sociedad. La historia no busca problematizar las desigualdades sociales ni demostrar una real solución, sino que encarna una teoría reduccionista en un villano ultra poderoso que expone el capricho asesino de decir que la humanidad va a estar mejor si somos pocos.
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10 jul. 2017

La cercanía de la comunicación

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En un mismo día y en distintos lugares, la gente puede saber lo mismo: aquellos hechos ocurridos en el barrio más cercano, la situación política del país, cuántas horas duró el casamiento de Lionel Messi, cuán altos están los precios, a qué piba mataron hoy.

La comunicación nos vuelve cercanos. El cuerpo y la mente humana buscan constantemente todo tipo de contacto. El humano vive en sociedad y la sociedad es productora de información e intercambios comunicativos.

Así como la comunicación interpersonal es explícita y directamente cercana, la comunicación de masas, producida por los medios, al hacer que una sociedad sea mediatizada, vuelve cercanos a los desconocidos gracias a la difusión de la información. La misma noticia se distribuye por todos lados a través de todo tipo de medios: las personas reciben, consumen; luego hablan de ello.

Todo el mundo sabe lo que pasó en el día, nadie se pierde la nota más importante de la agenda mediática. Todos se enteran de lo mismo.
La información en común nos vuelve contiguos y convierte a los desconocidos en desconocidos cercanos.



Quien camina por la calle y se acerca a la parada del colectivo para a ir a su destino puede tener un intercambio de diálogo con alguien que jamás vio antes en su vida y aun así compartir la noticia del día y coincidir en lo mismo: "mañana habrá paro de colectivos por la inseguridad que hay".
A todos nos llega el dato.

La gente comenta y comparte... sin embargo, y a pesar de todo, no es lo suficiente madura como para lograr que la cercanía comunicativa se vuelva cuestionable (desde la recepción hacia su emisor), tampoco aun la sociedad se volvió accionable en su conjunto para lograr que, aquellos hechos que le aterran (como la "inseguridad" en este caso), deje de suceder. Porque la inseguridad la producen otros. Las víctimas somos nosotros. La comunicación de masas está en poder de quienes gobiernan.

Nosotros solo sabemos poco.
Somos cercanos para nada.
Y tenemos poco idea de esto.
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4 jun. 2017

Viajar en tren

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Viajo en el tren Roca hace más de una década. Cuando era chica solía frecuentarlo con algo de miedo: había mucha gente extraña y el entorno reflejaba una realidad alejada de lo que era mi hogar.
Ahora, y después de empezar a estudiar (y tener que viajar varias horas para eso), comencé a pasar más tiempo sentada en el tren que en mi propia casa. Todo eso que era ajeno y desconocido, en un par de meses se volvió parte de mi vida diaria.

Como estudiante de ciencias sociales a veces convierto los espacios que visito en campos y objetos de estudio. En este caso, el tren Roca se volvió mi lugar favorito de observación (una porque no me quedó otra y dos porque lo que pasa allí dentro refleja claramente lo que le ocurre a nuestra sociedad).
La comunicación visual es alta, los intercambios de palabras son escasos, los pensamientos son fuertes y, si es posible, se evita cualquier contacto físico (incluso cuando a la mañana el tren está lleno y viajamos todos apretados). Los únicos que hablan en este espacio público son los vendedores ambulantes.

Recuerdo lo distinto que era todo antes: un vendedor era un pobre desgraciado que no le quedaba otra que vender algo en el tren. Capaz llegabas a Constitución y solo te cruzabas con dos o tres en el viaje... siempre eran los mismos. Este año se ve todos los días a un vendedor nuevo, uno detrás del otro. No pasa un minuto que el de atrás ya está presentando, por diez pesos, con esa voz llamativa y vibrante, un producto superador al anterior.

Mujeres y hombres que ofrecen cosas baratas, más gente y niños que pasan a pedir plata a cambio de los que sea.. lo curioso de todo esto es que a medida que pasó el tiempo se fueron multiplicando.
Ver y comprarle algo a uno de ellos se volvió tan natural que nadie notó el aumento de sus presencias. Antes podían caracterizarse como los "pobres" y hoy en día ya son como un trabajador más. En conclusión, las condiciones laborales no dejaron de deteriorarse hasta llegar a considerar lo más precario en un laburo. Dolorosa realidad.




¿Por qué hay más vendedores ambulantes en el tren?
¿Será porque les gusta, porque decidieron eso para su vida? ¿Será porque se dieron cuenta de que vendiendo dos alfajores por diez pesos ganan más en un mes así que con cualquier otro trabajo? ¿Será porque quedaron desempleados... o no llegan a fin de mes y buscan otra alternativa?
¿Hace cuánto existen los vendedores ambulantes en el tren? ¿Acaso su existencia es culpa de los gobiernos? ¿Culpa de la sociedad? ¿De ellos mismos?

Cuando estaban los trenes viejos sus presencias no predominaban de la misma forma que hoy con los trenes chinos (qué lindo que por lo menos ahora viajamos en carcasas nuevas). Gracias Cristina y Randazzo, por impulsar esta reprivatización del ferrocarril y haber descartado una reindustrialización en el país dirigida y controlada por los propios trabajadores. Pero no, pactaron y permitieron más desempleo y atraso por un negocio con China: te entregamos máquinas (tranqui, no hace falta que las fabriquen ustedes) a cambio de explotarte el sur.

Trenes nuevos, más pobreza y desempleo.

Los que viajamos en el tren seguimos viajando igual (o peor). La apariencia de lo nuevo no significa nada, es solo una superficialidad para contener el dolor y la bronca del aumento de las tarifas y la continuidad del ajuste que sigue el gobierno actual de Macri. La gente que pasa a pedir plata creció cuantitativamente y los vendedores ambulantes son cada vez más. Los gobiernos pasaron y están... mientras tanto el Roca sigue reflejando la descomposición del Estado y el régimen social que nos controla y condiciona día a día.

No podemos mejorar sin una real transformación social. Las reformas (con los gobiernos que estuvieron y quieran estar) solo contienen esta descomposición capitalista que vemos y vivimos todos los días: en el tren, en las calles, en nuestro bolsillo, en el mundo... y en el resto de la humanidad. Porque el poder lo siguen teniendo ellos.

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16 abr. 2017

Individualistas

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Dicen que el ser humano es egoísta por naturaleza.

Si hoy en día la ciencia ya no es más darwinista, es porque reducir las actitudes y comportamientos de la humanidad al evolucionismo y al naturalismo de "es un instinto" demostró ser erróneo. Lo "instintivo" de las personas ya no es válido para explicarnos social, política y culturalmente. Si fuéramos egoístas por naturaleza, entonces no existiría la solidaridad. Y para argumentar, si el ser humano fuera individualista por naturaleza, jamás se hubiera agrupado (histórica y socialmente) para sobrevivir.

El ser humano no existió para ser solitario y exclusivo, sino que existe para vivir en sociedad. Esa es la condición de humanidad.

No se puede justificar que alguien no quiera ayudar a otra persona porque "es natural que sea así de egoísta". Esa actitud está condicionada por un montón de cosas más que hacen que aquel tome tal decisión, no es una mera cuestión innata. 

El ser humano es un ser cultural; por lo tanto, que una persona pase de largo indiferentemente frente a alguien que (por ejemplo) está durmiendo en el piso de la vereda, no significa que lo haga porque es lo normal... sino todo el mundo sería indiferente frente a las injusticias sociales. 
Por el contrario, hay gente que cuando ve algo así le duele, le mueve algo por dentro. También están quienes se detienen a ayudarlo... o simplemente entienden que la pobreza es un problema político y no natural.

Lo único natural en este mundo es la naturaleza, donde todo se explica por reglas, instintos... ciclos. No está atravesada por la historia ni produce historia, es el ser humano el causante y productor de la misma mediante su intervención en ella. Somos habitantes e interventores, es la naturaleza la que nos permite vivir. Luego está lo político y cultural que nos permite organizarnos socialmente.

Natural es comer y respirar. Todo lo demás está condicionado por nuestra cultura... que a la vez esta responde y está arraigada al sistema social en el que vivimos. Por lo tanto, si queremos una sociedad menos individualista, nuestra tarea debe ser cambiar de régimen social.
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5 mar. 2017

Por qué el mundo entero

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Un veterano de la guerra de Las Malvinas me regaló esto en el tren.

Un domingo a la tarde, volviendo a casa en el subte, me crucé con una familia extranjera que fue observada con cierta "sorpresa" por la gente que nos rodeaba en la estación.

No hablaban inglés ni portugués y estaba segurísima de que venían de África.
Si supieran la admiración y el aprecio que le tengo a su continente y a su cultura se hubiesen dado vuelta para ver la sonrisa que se me escapó al escucharlos hablar.
Las personas que estaban a nuestro alrededor no los miraron de la misma forma en que lo hice yo. Tal vez fue así porque se creyeron el cuento de que no somos lo mismo.

Cuando escribo sobre la sociedad, casi siempre lo hago pensando en el mundo entero y no sólo en las personas de mi país. Creo que reducir todo a lo nacional es ser egoísta y caer en el desconocimiento de nuestra verdadera esencia. El nacionalismo no es sinónimo de industria local y tampoco significa solo apoyar su desarrollo.
Ser nacionalista es encerrarse dentro de cuatro límites y por ende es rechazar a la humanidad entera.

En el continente donde vivo no somos todos iguales y a pesar de ser conscientes de ciertas diferencias (culturales, económicas, étnicas), construimos más barreras y límites para separarnos y desconocernos un poquito más, supongo.
Pero... ¿por qué tanto rechazo? ¿Por qué queremos distanciarnos de esa forma cuando en realidad tan distintos no somos?

Somos lo mismo pero desiguales.
Humanidad única, sociedades distintas.
Del mismo molde pero con apariencias, culturas y clases diferentes.

Lo que nos separa de nuestra condición humana para que no seamos del todo homogéneos es la cultura y la clase social. Todo lo demás son construcciones sociales inventadas por nosotros mismos: los muros, los límites, las barreras, los espacios, las nacionalidades.

El nacionalismo es rechazar a la humanidad toda.

El mundo es uno solo, somos habitantes de una misma tierra dividida por distancias, kilómetros, aguas, climas, geografías, idiomas.

La familia "negra" que conocí aquel domingo por la tarde en la estación de subte no eran muy distintos a mí ni tampoco a esa gente que los miró mal. Eran personas.... al igual que todos.

Porque al fin y al cabo la humanidad es una sola.
Y a esto me refiero cuando hablo del mundo entero.
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10 feb. 2017

Historias

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Dejamos huellas cuando caminamos y ecos cuando reímos o hablamos.
Pasar por algún lado es como escribir la historia, es completar el lugar: las plazas, las calles, las ciudades, los bosques, el campo, las rutas, las esquinas, las veredas, las casas de la gente. Todo está marcado y modificado por nosotros. Construimos, destruimos, decoramos, armamos, deformamos y dejamos recuerdos sea por donde sea que pasemos. Pintamos con nuestros colores.

A mí me gusta conocer lugares nuevos porque de repente los puedo llenar de historias.
Es como escribir una hoja en blanco o pintar un cuadro: los espacios se vuelven imágenes de momentos pasados.
Imaginate la cantidad de anécdotas que puede tener un pequeño lugar: el mundo entero siendo escrito por la sociedad.
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2 feb. 2017

Una mala costumbre

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Acá estoy después de haber dejado atrás todo.
Tan abandonado que tengo el blog que habrán creído que Aylén no escribe más o se fugó por ahí para no volver nunca más. Pero no, acá estoy.

Tomo café aunque sea verano para recordar esas tardes de invierno llenas de inspiración en las que me sentaba a escribir hasta que me doliera la mano. Tengo dos cuadernos que ya estoy por terminar, uno dice en la tapa "Sé el cambio que quieres ver en el mundo". Ambos están más llenos y vivos que este blog, ahí tengo todo y acá nada.

La respuesta es no, Aylén no dejó de escribir, pero sí se siente decepcionada con su escritura. Se ve negada a compartir algo. Ya no le sale como antes. De hecho, el año pasado Taller de expresión I le rompió el corazón porque hizo que se diera cuenta de que no es la escritora que creía ser, que escribe mal y nunca se expresa como le gustaría expresarse.

No soy cien por ciento buena en lo que más amo hacer en este mundo. Ya no escribo novelas, tampoco crónicas universitarias, reflexiones filosóficas o sueños idealistas. Mis cuadernos se nutrieron de vivencias, cosas que sentí, viví y pensé. Experiencias lindas, feas, tristes y felices. Los odié porque se terminaron convirtiendo en un diario íntimo. Incluso El mundo de Aylu, que para colmo un nombre más egoísta no podía elegir.

Entre mis cuadernos guardé boletos de tren, tickets de cuando salí con alguien, entradas de un recital, apuntes de un curso de formación política que hice en diciembre, una lista de cosas para escribir, entradas de cuando fui al cine y la pasé muy bien, cartas de los nenes del comedor.
Al parecer las palabras no me son suficientes, algún testigo tengo que dejar por ahí entre las hojas.
Nunca nada me es suficiente... nunca me alcanza.

En el 2008 abrí mi primer blog. Ahí escribía, junto con mi hermana, sobre nuestras mascotas. Era como una especie de sustituto del fotolog, pero con más estilo. Lo dejamos.
Crecí y empecé a subir novelas. En el 2012 abrí tres blogs más. Los dejé porque me dieron vergüenza. Me daba vergüenza lo que escribía y podía a llegar a leer. Supongo que es porque crecí.
En el 2014 tuve otro blog y creí que iba a ser el definitivo porque me di la libertad de escribir en él lo que se me cantara, así como en este. Pero lo dejé porque me traía malos recuerdos y tenía ganas de abrir uno nuevo.
Todos... todos me aburrieron. No soporté estar más de dos años con cada uno. Les cambié el nombre, el diseño, los modifiqué, los cerré, los eliminé o los dejé en privado. Intenté olvidarme de ellos para siempre o hacer de cuenta de que jamás existieron. Me arrepentí de todos y mis ganas de dejarlos por uno nuevo fueron proporcionalmente iguales a la cantidad de veces que me mudé de casa y de barrio durante mi infancia. Supongo que por eso me aburro fácil de todo y al tiempo necesito algo nuevo.


Aylén, no todo es reciclable. 
Pero ando por ahí dejando basura y tirando al piso papeles arrugados a mitad de escribir.

Quiero narrar y relatar sobre muchas cosas, abrir cientos de blogs e ir borrando los viejos para que no queden huellas de mi escritora del pasado: más joven, más ingenua, más idealista, más soñadora.

Por primera vez en mi vida sentí lo que era escribir por obligación. Una materia de la facultad que creí amar terminé odiándola, despreciando mi propia escritura y el arte de sentarme a desarrollar las palabras sobre el papel. Lloré al ver la hoja en blanco, me frustré cuando lo que leía no me gustaba y llegué hasta quedarme dormida mientras lo hacía. Escribía para cumplir y ya no podía soportar la acción de releer esos textos que no tenían sentido. Esa no era yo... o sí, pero no la que creí ser siempre.

Mis cuadernos terminaron convirtiéndose en relatos y no tanto en ideas e inspiraciones sobre el mundo como antes. Hice más cosas de las que escribí. Sentí mucho más de lo que todas aquellas palabras pudieron expresar. Pero lo hice solo para mí, por egoísta, porque no quería decepcionar a más nadie. Suficiente lo estaba yo.


Y no escribí más en este blog. Un tiempo lo dejé en privado, quise modificarlo, hacerle unos retoques en el diseño... pero acá estoy quejándome. Porque no me alcanza el tiempo, porque metí cuatro materias por cuatrimestre mientras militaba a tiempo completo y prometí ser el cambio que quiero ver en el mundo. Pero dejé atrás muchas cosas.
Al final no disfruté tanto del estudio como creí que lo iba a disfrutar, fue más tortura que otra cosa. Me quise tragar el mundo entero de una y aunque al final me fue muy bien, no la pasé tan así.

¿Dejar todo o seguir?
Ya no tengo más café en la taza.
Pero tengo ideas nuevas.
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