La semana pasada, la profesora de Derecho a la Información, entró al aula y dijo: "saquen una hoja y escriban cómo se imaginan una sociedad sin Estado". Todos abrimos grandes los ojos e intercambiamos miradas de sorpresa. Nadie se lo esperaba, mucho menos alguno se sentó a imaginarse una sociedad sin Estado, ¿acaso alguien se pone a pensar sobre lo que no existe?
Al principio me quedé en blanco. Después pensé y se me ocurrieron dos tipos de sociedades: una con Estado, y la otra sin Estado. Me sentí insatisfecha cuando plasmé mis pensamientos sobre el papel, pensé que me iba a salir algo más que cuatro simples líneas. Lo entregué, si estaba mal no me iba a importar, total la consigna era "imaginar".
El martes, cuando ella volvió para darnos clase, dijo que había leído todas las respuestas y que quería hacer una devolución. "Quiero empezar con una persona... ¿quién es Aylén Fuente?" Dijo y miró al vacío, esperando una señal. En ese momento, insegura de mí misma, insegura de lo que me iba a decir y de lo que yo misma había escrito, levanto la mano y digo, aceptando el peor de mis pensamientos: "yo..."
La profesora me miró y sonrió, a mí me temblaban las manos como tonta. "Aylén, qué bien que escribís. Se sintió que lo hiciste sin miedo, de una manera directa y sin importar cuál es mi ideología" —ponele que me dijo algo parecido, porque estaba tan bloqueada que a penas recuerdo sus palabras—. Desde ese momento, me sentí menos tonta al escribir sobre nosotros... sobre la sociedad.
Y sí, a veces me siento de esa forma haciéndolo, a excepción de cuando me pongo a filosofar: en la parada del bondi, mientras viajo y escucho música, mientras viajo en el tren y leo los apuntes, cuando camino por la calle, cuando estoy en la facultad... cuando nos observo como sociedad.
¿Qué somos? ¿Qué nos pasa? ¿Por qué somos así? ¿Por qué tan iguales y tan distintos?
Pensar como nosotros en conjunto, no me da tanto miedo después de todo.

Y hay días en los que la paso mal viajando en hora pico en el bondi o en el tren para ir a la facultad, toda apretada al lado de uno que se está bajando una botella de cerveza y no deja de mirarme. Y hay días en los que entablo una conversación divertida con un viejito porteño en la parada del 60 y me hace creer que hablar con extraños no es tan malo después de todo; o hay días en los que le dejo mi paquete de galletitas a un señor que duerme en la calle, o hay días en los que un nene me sonríe y se esconde en las piernas de su abuelo. Hay días en los que leyendo los apuntes de antropología, sobre las igualdades y las diferencias entre seres humanos, mientras viajo en el 100, se sube un señor con nariz de payaso, nos hace reír a todos y nos regala un chupetín a cada uno. Sí... hay días en los que la paso mal y hay días en los que disfruto comunicarme con desconocidos.
La profesora tenía razón al decir que no tuve miedo al escribir. Es verdad, no tengo miedo de escribir, tampoco de filosofar, de preguntarme ni de responderme, de observarnos como sociedad, de tratar de entendernos y de intentar encontrar la clave para que día a día seamos un poquito mejor. Quisiera viajar al pasado y decirle a la Aylu chiquita: "estoy tan orgullosa de vos... hacé eso que querés hacer, hacelo. Escribí. Escribí todos los cuentos, todos esos pensamientos, todas esas novelas y esos relatos y no tengas miedo de leerlos en voz alta en clase. Y seguí pensando así, yo sé que la gente, la sociedad en sí, te asusta; pero es lo que vos mañana vas a elegir para mejorar. No importa si ahora tenés miedo, porque te aseguro, que mañana ya no lo vas a tener".
Por algo hoy soy estudiante de sociales, por algo escribo todo esto... no sé; ni siquiera sé por qué estoy haciéndolo, fue algo que me nació de repente.
Hoy cuando les cuento a la gente que conozco, que voy a empezar a dar clases de apoyo a unos nenes de primaria que asisten a un comedor comunitario y viven en las villas, me preguntan: "¿Eso no es peligroso? ¿No tenés miedo?"
Miedo me da no hacer nada, miedo me da que algún día en mi vida, la sociedad me deje de importar. Que nuestro bienestar, como comunidad, me deje de interesar. Y sí, a veces me siento desprotegida en el espacio público, a veces me siento insegura viajando entre tantos desconocidos... y aún peor es acordarme de las recomendaciones de mi familia: "Aylén cuidá tu celular, llevá la mochila adelante, no vayas por tal lugar, no camines sola por Constitución..." que me hacen sentir confundida al querer cuidarme de la sociedad y a la vez querer analizarla y cambiarla.
Me tocó ser mujer, idealista y estudiante de sociales. Me tocó tenernos miedo (ya no), me tocó admirarnos y odiarnos, también desilusionarme de nosotros mismos. Me tocó querer mejorarnos.
¿Qué sería de mí si fuera alguien a la que no le importara nada? ¿Estaría escribiendo? ¿Estaría desobedeciendo a mamá cuando me dijo que no me meta en el proyecto de Barrio Adentro y que no estudiara esta carrera? ¿Tendría un blog? ¿Me habría imaginado a una sociedad sin Estado? ¿Qué me hubiera dicho la profesora de Derecho, si yo no hubiese escrito eso? ¿Sería estudiante de sociales?
A veces me pongo a pensar y llego a la conclusión de que ser estudiante de sociales no es leer cinco kilos de textos por día, que hablan sobre la sociedad, sobre la cultura y la política. Ser estudiante de sociales es muchísimo más que eso. Es el querer ver la realidad, el querer conocernos más, el querer cambiarnos. Porque nos interesa, porque lo elegimos y porque a pesar de ser tildados como los que estudiamos "lo más fácil", estamos acá enfrentando la más triste realidad que es el estudiar a la sociedad. Porque les aseguro que no hay nada más complejo que nosotros mismos en conjunto, tan inestables y desordenados, tan iguales, tan diversos y cambiantes.
Cuéntenme, ¿qué se siente ser estudiante de artes, de medicina, de económicas, de ciencias exactas, etc? Yo ya les conté que se siente ser estudiante de sociales.








































