25 ene 2016

Viajes: El mar

31 comentarios:
Mientras espero a que se me sequen las acuarelas que pinté en mi cuaderno, me pongo a escribir algo para ustedes. En realidad estoy escribiendo lo que en un momento fue solo mío y que solo podía oír en mi cabeza.
Me fui veinte días a la costa con una amiga, mi hermana y su familia y me reencontré una vez más con uno de mis mejores amigos: el mar. ¿Sabían que amo nadar, sobre todo en el mar? ¿Y que una vez casi pierdo la vida ahí? Si no fuera porque luché contra la corriente hasta el cansancio, hoy no estaría acá escribiendo esto.



Cuando era chiquita intentaba observar a lo lejos, a ver si más allá de esa perfecta línea horizontal que parece infinita y parte el agua del cielo, llegaba a percibir algún país como China, Australia o el continente africano. Siempre me preguntaba qué pasaría si nadaba hasta el otro lado, ¿llegaría a alguno de esos destinos o llegaría a una isla desconocida? ¿Qué haría si hay tiburones, o hay tormenta, o se hace de noche? ¿Podría ver a los delfines de cerca? Mamá me dijo que nunca lo hiciera porque según ella me iba a ahogar. Yo nunca le tuve miedo, y por más que insistiera en que no me metiera muy al fondo y le tuviera respeto, yo sentía al mar como un amigo. Un día me confié demasiado de él y la cosa no terminó muy bien.

Siempre vi al mar como símbolo de rebeldía y libertad. Inestable y dudoso; no se sabe cómo va a amanecer al día siguiente, pero de seguro que de una forma distinta. Incluso puede cambiar y revertir su estado de ánimo y sus movimientos en pocos minutos. Sus dos compañeros son el viento y la arena y posee grandes y pequeños huéspedes dentro de sí. A veces revoltoso y gris, a veces sereno y azul, se arrastra hacia la orilla con fuerza. Se podría pensar que de vez en cuando tiene ganas de vengarse de quien lo contamina, o que quiere llegar a la orilla para tocar nuestros pies y conocernos mejor.
Tal vez quiera hacer un poco de las dos cosas, tiene sus razones.
Salado, fresco, espumoso y peligroso. Intenta llevarse todo y arrastra lo que toca y atrapa, pero también devuelve y regala cosas que ya no necesita.


El otro día me senté sobre la arena en la orilla y lo contemplé. Pensé en lo hermoso que se sentía estar descalza y con los pelos al aire (esto va para Pupii), con arena hasta en los oídos. El ruido de las olas al romper me hizo sentir melancólica y la brisa salada que me rozó la cara provocó que sintiera nostalgia. Pensé que el mar es otra parte de la naturaleza incomprendida por el ser humano, o por lo menos, es otra de nuestras tantas víctimas. Le quitamos lo que tiene, lo alteramos y a cambio lo llenamos de plásticos y bolsas. ¿Qué hubiera pasado si nosotros no hubiésemos existido? ¿Existiría el mar? ¿Vendría hasta la orilla con fuerza o viviría sereno?


Durante algunos días que me quedé, mientras el sol se ponía, no podía evitar inclinarme y levantar los vasos, las bolsas y los plásticos que la gente que venía a vacacionar tiraba en la arena. Hasta vi más basura que caracoles y más cigarrillos que piedritas. Me pregunto qué pensará esa gente en el momento en que deja caer sus desechos a la arena, o entierra el pucho para que se apague.

A veces creo que soy la única que ve al mar sufrir cada vez que se lleva algo nuestro. Y pensar que si todos los seres humanos, en todo el mundo, fuésemos conscientes y responsables de lo que hacemos, tal vez él hoy estaría más azul y tal vez los animales marinos serían más felices.

Amanecer del 16 de enero.


Ver y escuchar al mar me hizo sentir bien y mal a la vez. Siento que admiro y aprecio lo bello que es y eso me hace sentir inspirada. Si creería en las reencarnaciones, estaría segura que en otra vida fui ballena o delfín, o capaz un lobo marino o quién sabe, capaz fui una almeja; y por eso siento que lo amo y que me encanta. El mar es majestuoso e increíble, siempre está en constante movimiento y dentro de sí lleva cantidades de sorpresas y tesoros que tal vez jamás nos animemos a encontrar.

El mar y su inestabilidad es otra muestra de que vivimos en un mundo increíble. Porque no hay nada más hermoso y único que la naturaleza.


Leer más...
Leer más...

10 dic 2015

Viajes: Volví a La Rioja, provincia de mis raíces

7 comentarios:

A la provincia de La Rioja había ido una vez y fue cuando cumplí los quince años. Este año, en enero, fui a pasar mi cumpleaños número dieciocho y además de revivir momentos y emociones en la tierra de mis raíces, conocí y descubrí cosas que cambiaron mi vida. Sinceramente, haber viajado a esta provincia junto con mi familia, fue una de las mejores cosas que hicimos en el 2015 y ahora les voy a contar por qué.


Horas antes de llegar estábamos pasando unos días en Córdoba y para el quince de enero, un día antes de mi cumpleaños, ya estábamos viajando en el auto hacia tierras secas y cálidas riojanas, como le decía cuando estaba en primaria.
Ubicada en el noroeste de Argentina y haciendo límite con Chile, La Rioja forma parte de nuestros mejores paisajes, vinos y aceitunas.

Tierra originaria de diaguitas —agricultores y sedentarios—, capayanes —sedentarios y artesanos— y olongastas —también agricultores—, pueblos originarios que fueron invadidos primero por el Imperio Inca y luego por las conquistas españolas, resistiéndose a estos últimos como Cachalquíes, provocando enfrentamientos que conformaron varias guerras durante muchos años.


Costa riojana

En enero fui a pasar unas semanas a la "costa" riojana, un conjunto de pueblitos medios desolados pero llenos de historia y tradición. También pasé días en Sanagasta y en la ciudad de La Rioja; padecí calor —pero el calor seco, no el húmedo que te destruye como en Buenos Aires—, conocí lugares nuevos, probé vinos, comí aceitunas, higos, frutos secos, uvas, algarrobo y nueces; comí pan casero de los buenos, empanadas riojanas, asado, tortillas, barro luco; también conocí personas y charlé y conviví con la gente local. Además, cumplí el sueño de conocer el pueblo de mis raíces: Ismiango, lugar donde nacieron mis bisabuelos y mi abuelo paterno, hijos de diaguitas y españoles.

Durante esas semanas que visité la costa, estuve hospedada en esta casita en el pueblo de Pinchas, donde nació mi papá.
Y tenía esta vista.

Uno de los vecinos, presta su bicicleta al pueblo. El que la necesitaba la podía usar siempre y cuando la volviera a dejar ahí, en su lugar. Yo la llamo la bicicleta pública (?).

Las cabras salían corriendo de mí.

Estaba lleno de hermosas lagartijas.

Y estos saltamontes gigantes... cuando salió volando me cagué toda.

Esos peces me chupaban los pies. Se los juro.

Fuimos a un lugar con degustaciones gratis. La chica que atendía observó cómo me comí casi todo (todo).

Subí a los cerros, estuve entre las sierras y pasé tiempo en contacto con la naturaleza y viví entre ruinas. Cuando pasé mi estadía en la costa, no podía creer la tranquilidad y la sencillez con la que vivía la gente.

30/01/15
"Es increíble ponerse a pensar en la simpleza de este lugar. Vas caminando por la calle y a la derecha te encontrás con uvas y a la izquierda con duraznos o tal vez una higuera llena de sus frutos maduros. Más adelante, si seguís caminando, hay un árbol de algarrobo ¿qué es esto? Pensás. Mordés uno... es dulce y seco. Seguís caminando hasta llegar a la plaza del pueblo y el lugar está lleno de olivos y aceitunas, casi como si fuesen una plaga. En ese momento te das cuenta de que a veces la tierra nos regala todo eso que no solemos valorar. Y te das cuenta de que vivimos en una tierra rica que da y devuelve vida. Que la riqueza no está entre o debajo de los cerros, en esas minerías. La riqueza de la tierra está en eso que vemos y es más simple: los árboles, los frutos, los pájaros, el agua que cae de las montañas y proviene de los cerros... Estar entre la naturaleza y comer un racimo de uva o un durazno, con tan solo estirar el brazo y arrancarlo, es totalmente distinto a ir hasta la verdulería y pedirle un kilo de esto y un kilo de aquello al verdulero. La naturaleza es lo mejor que tenemos".

De día, en los pueblitos, hacía mucho calor. Luego durante la noche refrescaba y tenía que taparme con una sábana. Por lo general, la gente de ahí vive de la agricultura —las familias poseen sus propias tierras dominadas fincas y trabajan para comercializar sus cosechas— y de la cría de animales, en especial de gallinas y cabras, para hacer el famoso y tradicional quesillo.





Energía eólica.

En uno de todos esos pueblitos de la costa, nació también mi papá y junto a él fui a conocer su antigua casa, sus antiguas tierras y sus familiares: primas y tíos. La tía Tita me contó que encontró, una vez caminando, una cueva donde habían manos marcadas con pintura y un par de flechas por ahí, tiradas y abandonas...
Otra tía que conocí, se dedica a viajar por el mundo y otra es docente.

La gente que vive allá, hoy es mayor de edad y por lo general, todos sus hijos viven en la ciudad o trabajan y estudian ahí. Lo único que queda en la costa son ruinas, historias y gente que tiene mucho para contar y mostrar. Son pueblos que mantienen una tranquilidad antigua. Eso sí, tiene wifi por todos lados.





La pierna de la tía Tita y su perro.



Sanagasta

Cuando fui a la ciudad de Sanagasta, lugar repleto de sierras pampeanas, me encontré con una tierra más urbanizada y poblada. Caímos justo para el famoso festival chayero y a penas se podía transitar entre tanta gente que venía de la ciudad y otras provincias. Se me dificultó caminar por la calle sin parecer desapercibida con la cámara, ya que todos se daban vuelta a verme ¡y no los podía fotografiar en paz!

Esta chica se acercó a nosotros y charlamos un rato con ella.






La ciudad

Durante mi estadía en la ciudad de La Rioja, me morí de calor —literal— ¿cómo hacen para vivir con 40°C de sensación térmica? Les juro que no me alcanza entenderlo y con tan solo acordarme se me corta la respiración (?). La ciudad, al lado de los pueblos, es lo más caluroso que existe.
La primera vez que había llegado, fue en el 2012 y el pueblo estaba luchando contra la megaminería a cielo abierto por el Famatina. Yo estuve ahí presente y los acompañé. Esta vez ya no estaban... habían ganado su lucha. Siempre van a estar en mi memoria.








Este año encontré una ciudad más tranquila —aunque demasiado transitada—. En la plaza central siempre había algún evento recreativo o musical y por la noche casi todo era una fiesta. Eran las doce de la noche y la gente seguía ahí como si fueran las ocho y claro, al otro día los negocios abrían tarde. "Es por el calor", nos explicó un amigo riojano de papá. "Acá nos despertamos tarde y nos dormimos tarde, y más en vacaciones como ahora. La noche es nuestro día o sino hay que vivir a aire acondicionado", nos habló con su peculiar acento riojano.

Carta al pueblito de mis raíces

01/02/15

"Hoy nos pasó algo hermoso, fuimos a Ismiango, pueblo de mis raíces, pueblo donde nació mi abuelo y mi bisabuelo paterno; descendientes de diaguitas y españoles. Desde que tengo uso de razón más o menos, papá me contaba sobre este lugar y La Rioja. Hoy se cumplió el sueño de conocer ese pueblito chiquito, solitario, inspirador, único, natural, inolvidable, tranquilo, especial… el pueblo costeño que tiene la mejor vista de todas; realmente superó a todos los que visitamos.
Haber estado un tiempo en ése lugar me produjo una emoción enorme, los ojos se me humedecían, era algo que no podía controlar. Conocí a mis tías, conocí a parientes y conocidos de papá que nos llenaron de emociones inexplicables; entre charlas, risas, anécdotas, recuerdos, relatos y una gran bienvenida. Nos abrieron las puertas y no solo nos atendieron bien, nos llenaron de un poco de Ismiango, ése pueblito que por ahora solo tiene siete casas que de seis son de parientes míos. Nos llenaron de un poco de sus tierras, de mis tierras. No puedo creer que un lugar tan hermoso exista, sinceramente no puedo describir todo lo que siento después de volver de ahí.
Nos dieron uvas, duraznos, quesillo de cabra, nos llevaron a conocer arriba de los cerros, nos mostraron sus cabras, nos contaron historias y nos invitaron a almorzar. Un pueblito que casi no es pueblito de tan pequeño que es, habitada por gente increíble que no vive en Ismiango por vivir, sino porque la eligen por sus miles de virtudes: porque sí, porque es el lugar es hermoso, por la vista, por la tranquilidad, porque a la noche en el cielo ves el universo completo, porque Ismiango te atrapa y no te deja ir, porque en verano es fresco, por la historia, porque es suyo, por el aire, porque caminando capaz que encontras una flecha arqueológica o alguna que otra cosita que le pertenecían a los pueblos originarios, por el paisaje, por los cerros, por absolutamente todo.
Emocionada por conocer Ismiango, con lágrimas en los ojos digo que amo este lugar con todo mi corazón y con toda mi alma, y que no dudo en volver a visitarlo una y otra, y otra y otra vez. Porque me enamoré de Ismiango".





Leer más...
Leer más...

18 nov 2015

Viajes: Conociendo Cosquín y otras tierras cordobesas

11 comentarios:

Córdoba es la tierra del cuarteto, del mejor humor argentino y de la mejor tonada... dicen. Tienen razón, generalizar estas descripciones hacia las personas que viven en la provincia de Córdoba no es un caso muy errado, ya que me tocó comprobarlo en el mes de enero del 2015.
En realidad era mi segunda vez en Córdoba; la primera vez fue cuando cumplí cuatro años y la segunda cuando cumplí los dieciocho. El problema era que a penas tenía recuerdos borrosos sobre mis vacaciones en la provincia cuando era chiquita y no me quedaba otra que volver a conocerla... o conocerla por primera vez, da igual.
En realidad yo le insistí a mamá que quería ir a Córdoba, que quería conocer Cosquín. Ella no me lo negó, ya que tiene una amiga allá que no la veía hace años y era la excusa perfecta para visitarla y de paso cumplirme el capricho sueño. Tuve el honor de comprar yo misma, los pasajes vía online con la tarjeta de mamá y el cuatro de enero ya estábamos arriba del micro festejando los cincuenta de mamá. Llegamos el cinco de enero en plena luna llena y tuve la suerte de apreciar uno de los primeros amaneceres del 2015 entre las sierras cordobesas.




La ciudad de Cosquín es conocida por el festival nacional de folklore que se hace anualmente y se transmite por televisión para todo el país y por supuesto, también por el famoso Cosquín Rock. Los mejores artistas nacionales se presentan durante varios días en la ciudad y la gente va a disfrutar de la música, de la cultura y de las tradiciones argentinas. Si tienen la oportunidad de presenciar el show algún día, háganlo.

Si bien el mes de enero es la temporada más calurosa para la mayoría del país, en Cosquín la temperatura no supera los 37° pero el sol pica fuerte. Estar entre sierras y a una altura superior que Buenos Aires hace que todo sea más pesado (los oídos se me taparon), más caluroso y cansador. El viaje fue realmente agotador y necesité de un par de horas de más de sueño para lograr recomponerme. Después enseguida le agarré la mano y esa misma mañana al llegar, salimos a caminar para conocer la ciudad.

"No te preocupes que acá no existen los mosquitos como en Buenos Aires", me dijeron... ¡JA! Me picó cada bicho que ni te cuento... y los mosquitos eran dos veces más grandes.
Mi primera impresión cuando comencé a recorrer Cosquín, fue el sentir un aroma a yuyo, a silvestres frescos... no sé, la ciudad olía muy bien y la vista era hermosa. Yo había llevado mi cámara colgando del cuello y le saqué fotos a absolutamente todo; incluyendo un puesto de diarios y un perro que había cavado en la tierra para luego acostarse ahí y aprovechar del fresquito (hacía calor).


Si hay algo que amé de Cosquín, fue su arte urbano y sus artistas callejeros que aparecían en la tarde: cantantes, bailarines, hippies vendiendo pulseras artesanales, mimos, animadores, acróbatas y mochileros que hacían cualquier cosa con tal de ganar unos pesos para seguir viajando.
Las calles estaban decoradas con ese toque tradicional y folklórico; y las paredes estaban repletas de murales artísticos que decían mucho sobre la ciudad y las tierras cordobesas.
Cosquín está llena de música, arte, cultura e historia... lugares así son de los que yo me nutro e inspiro; sobre todo si hay arte e historia. Cosquín está llena de vida.





Viernes 9 de enero del 2015:

"Cosquín de noche es hermoso. Cada vez viene más gente por la temporada y las calles se llenan... tanto, que el centro se transforma en peatonal y en vez de autos hay artistas callejeros, vendedores, shows, chicos andando en skate y gente cenando afuera. Me encanta".


Córdoba es una de las provincias más visitadas por mochileros y viajeros, también por argentinos y turistas. Es que Córdoba tiene de todo: ciudad, pueblo, tranquilidad, fiesta, ríos, sierras, música y gente buena onda. Eso sí, le pedís a alguien alguna instrucción para llegar a algún lado y terminás perdido en medio de los montes.
También están los colectivos urbanos que vienen cada muerte de obispo pero que valen la pena tomarlos, ya que recorren lugares claves que vale la pena conocer.

Por la mañana siempre está algo fresco, luego el sol sale con fuerza al mediodía y no te deja respirar hasta el atardecer... eso sí, los mejores atardeceres los vas a vivir ahí: entre las sierras, observando cómo se esconde el sol. Después, la noche se convierte en la parte favorita de los cordobeses: ya no hace mucho calor y hay música y alegría por todos lados. La gente se junta a comer asado o pizza a la parrilla, toma vino y se arma la guitarreada entre amigos y familia.
Una de las noches del festival, fuimos a recorrer la plaza y el centro principal. Por allá estaban las ferias artesanales con emprendedores independientes que exponían sus obras. Por mi parte, me acerqué al de bebidas y me hicieron probar gratis un licor de quinoto (?) y en un puestito me regalaron caramelos artesanales con carita feliz (las cosas gratis son lo mejor que hay).


Córdoba es sinónimo de alegría y sí, esa semana y media que estuve en esa provincia fue pura alegría para mí. Viajar y cambiar de ambiente, conocer gente y estar en lugares desconocidos es una de las cosas que más disfruto en la vida después de escribir. Y Córdoba me hizo feliz con sus paisajes, con su Cosquín y Villa Carlos Paz; con su capital y con sus pueblitos del oeste.
La gente es agradable, simpática y amigable. Más acogedora y menos fría que la que vive en Buenos Aires. Es otra movida, es otra vida... es otra tranquilidad.




Por el lado económico, Córdoba no es una provincia muy barata, ya que es uno de los puntos turísticos más visitados y peor aún en época de vacaciones (los precios pueden subir de un día para el otro). Sin embargo, los mochileros y los gasoleros predominan en todo momento demostrando que se puede viajar sin tanto dinero y sin tantas preocupaciones.

Si conocieron o conocen la provincia, de seguro estarán entendiendo este post. Y si así no lo hicieron, dense la oportunidad de ir algún día y recorrer un poquito de Córdoba. Seguro a más de a uno se le pegó la tonada.


PD: mi periodista de viajes interior acaba de despertar... ¡Hola!
Leer más...
Leer más...