10 jul 2017

La cercanía de la comunicación

6 comentarios:
En un mismo día y en distintos lugares, la gente puede saber lo mismo: aquellos hechos ocurridos en el barrio más cercano, la situación política del país, cuántas horas duró el casamiento de Lionel Messi, cuán altos están los precios, a qué piba mataron hoy.

La comunicación nos vuelve cercanos. El cuerpo y la mente humana buscan constantemente todo tipo de contacto. El humano vive en sociedad y la sociedad es productora de información e intercambios comunicativos.

Así como la comunicación interpersonal es explícita y directamente cercana, la comunicación de masas, producida por los medios, al hacer que una sociedad sea mediatizada, vuelve cercanos a los desconocidos gracias a la difusión de la información. La misma noticia se distribuye por todos lados a través de todo tipo de medios: las personas reciben, consumen; luego hablan de ello.

Todo el mundo sabe lo que pasó en el día, nadie se pierde la nota más importante de la agenda mediática. Todos se enteran de lo mismo.
La información en común nos vuelve contiguos y convierte a los desconocidos en desconocidos cercanos.



Quien camina por la calle y se acerca a la parada del colectivo para a ir a su destino puede tener un intercambio de diálogo con alguien que jamás vio antes en su vida y aun así compartir la noticia del día y coincidir en lo mismo: "mañana habrá paro de colectivos por la inseguridad que hay".
A todos nos llega el dato.

La gente comenta y comparte... sin embargo, y a pesar de todo, no es lo suficiente madura como para lograr que la cercanía comunicativa se vuelva cuestionable (desde la recepción hacia su emisor), tampoco aun la sociedad se volvió accionable en su conjunto para lograr que, aquellos hechos que le aterran (como la "inseguridad" en este caso), deje de suceder. Porque la inseguridad la producen otros. Las víctimas somos nosotros. La comunicación de masas está en poder de quienes gobiernan.

Nosotros solo sabemos poco.
Somos cercanos para nada.
Y tenemos poco idea de esto.
Leer más...
Leer más...

4 jun 2017

Viajar en tren

1 comentario:
Viajo en el tren Roca hace más de una década. Cuando era chica solía frecuentarlo con algo de miedo: había mucha gente extraña y el entorno reflejaba una realidad alejada de lo que era mi hogar.
Ahora, y después de empezar a estudiar (y tener que viajar varias horas para eso), comencé a pasar más tiempo sentada en el tren que en mi propia casa. Todo eso que era ajeno y desconocido, en un par de meses se volvió parte de mi vida diaria.

Como estudiante de ciencias sociales a veces convierto los espacios que visito en campos y objetos de estudio. En este caso, el tren Roca se volvió mi lugar favorito de observación (una porque no me quedó otra y dos porque lo que pasa allí dentro refleja claramente lo que le ocurre a nuestra sociedad).
La comunicación visual es alta, los intercambios de palabras son escasos, los pensamientos son fuertes y, si es posible, se evita cualquier contacto físico (incluso cuando a la mañana el tren está lleno y viajamos todos apretados). Los únicos que hablan en este espacio público son los vendedores ambulantes.

Recuerdo lo distinto que era todo antes: un vendedor era un pobre desgraciado que no le quedaba otra que vender algo en el tren. Capaz llegabas a Constitución y solo te cruzabas con dos o tres en el viaje... siempre eran los mismos. Este año se ve todos los días a un vendedor nuevo, uno detrás del otro. No pasa un minuto que el de atrás ya está presentando, por diez pesos, con esa voz llamativa y vibrante, un producto superador al anterior.

Mujeres y hombres que ofrecen cosas baratas, más gente y niños que pasan a pedir plata a cambio de los que sea.. lo curioso de todo esto es que a medida que pasó el tiempo se fueron multiplicando.
Ver y comprarle algo a uno de ellos se volvió tan natural que nadie notó el aumento de sus presencias. Antes podían caracterizarse como los "pobres" y hoy en día ya son como un trabajador más. En conclusión, las condiciones laborales no dejaron de deteriorarse hasta llegar a considerar lo más precario en un laburo. Dolorosa realidad.




¿Por qué hay más vendedores ambulantes en el tren?
¿Será porque les gusta, porque decidieron eso para su vida? ¿Será porque se dieron cuenta de que vendiendo dos alfajores por diez pesos ganan más en un mes así que con cualquier otro trabajo? ¿Será porque quedaron desempleados... o no llegan a fin de mes y buscan otra alternativa?
¿Hace cuánto existen los vendedores ambulantes en el tren? ¿Acaso su existencia es culpa de los gobiernos? ¿Culpa de la sociedad? ¿De ellos mismos?

Cuando estaban los trenes viejos sus presencias no predominaban de la misma forma que hoy con los trenes chinos (qué lindo que por lo menos ahora viajamos en carcasas nuevas). Gracias Cristina y Randazzo, por impulsar esta reprivatización del ferrocarril y haber descartado una reindustrialización en el país dirigida y controlada por los propios trabajadores. Pero no, pactaron y permitieron más desempleo y atraso por un negocio con China: te entregamos máquinas (tranqui, no hace falta que las fabriquen ustedes) a cambio de explotarte el sur.

Trenes nuevos, más pobreza y desempleo.

Los que viajamos en el tren seguimos viajando igual (o peor). La apariencia de lo nuevo no significa nada, es solo una superficialidad para contener el dolor y la bronca del aumento de las tarifas y la continuidad del ajuste que sigue el gobierno actual de Macri. La gente que pasa a pedir plata creció cuantitativamente y los vendedores ambulantes son cada vez más. Los gobiernos pasaron y están... mientras tanto el Roca sigue reflejando la descomposición del Estado y el régimen social que nos controla y condiciona día a día.

No podemos mejorar sin una real transformación social. Las reformas (con los gobiernos que estuvieron y quieran estar) solo contienen esta descomposición capitalista que vemos y vivimos todos los días: en el tren, en las calles, en nuestro bolsillo, en el mundo... y en el resto de la humanidad. Porque el poder lo siguen teniendo ellos.

Leer más...
Leer más...

6 ago 2016

Comunicación: Cuestión de escritura

3 comentarios:
Escribir es para la gente que sí o sí tiene una pizca de introversión, sino no habría necesidad de comunicar palabras que solo están en la mente y se sienten desde lo más profundo. También es para quienes deben decir algo, ¿Sino por qué se escribiría?
Nadie nace sabiendo que quiere hacerlo durante toda su vida, más bien es una habilidad que se va formando con el tiempo y las experiencias, que va tomando constancia y naturalidad en pos de disfrutar de esta.

Las personas que escriben no se dan cuenta de que lo hacen hasta que sienten placer al sentarse para agarrar el lápiz y plasmar palabras. Quien escribe sabe que es una necesidad o, simplemente algo que no se puede explicar muy bien y que surge desde adentro; por lo tanto, también es un impulso.

La escritura es otra de las tantas herramientas que creó la humanidad. En un principio nació para no olvidar, luego para informar y casi siempre para jugar con ella y darle un sentido estético.
A veces me pregunto qué otro tipo de uso puedo darle.


Una idea no siempre sale sobre el papel tal cual se construyó en la mente —y a menudo ocurre que cuando se lee lo que se escribió libremente, el texto no quedó del todo correcto—. Enfrentarse a las reglas de escritura no es de lo más apasionante para quien escribe solo por el amor al arte y no por amor a la perfección. Duele cuando los párrafos cambian y pierden cierto sentido retórico y personal cuando son corregidos. Los ves y... ya no son los mismos. Sonaban lindos así, tal cual fueron producidos por primera vez con sus propios defectos. Las reglas los transformaron en algo serio; lo que antes era una idea y estuvo intacta en la mente, fue vestida de elegante.

Se escribe cuando el pensamiento se vuelve palabra, la mano no deja de moverse y el mundo desaparece. No hay nada alrededor, es pura soledad y voz interna. "Es el acto más solitario que existe", dijo una vez mi profesora de Derecho a la Información, "... y requiere de mucho esfuerzo, no es fácil escribir, genera cansancio y desgaste mental porque es un descargue, es algo que sale y hay que saber sacarlo".

A veces, solo a veces me pongo a pensar en la suerte que tuve de enamorarme de la escritura.

"Aylén, quiero mostrarte lo que escribí: Hoy estoy sola y está oscuro y me siento triste porque hoy mi papá se acostó conmigo y después se fue o sea se volvió a su pieza...". Me leyó. "Siempre escribo lo triste", me dijo.
Mi sobrina tiene siete años.
"¿Y por qué escribís lo triste?" Le pregunté.
"Para no olvidarme, porque lo feliz siempre me acuerdo".
Leer más...
Leer más...

1 may 2016

Barrio Adentro

2 comentarios:

El colectivo 373 nos dejó en las vías justo en la entrada de Villa Inflamable, un barrio que se encuentra en el partido de Avellaneda en la provincia de Buenos Aires.  En una esquina estaban escuchando cumbia santafecina y justo en frente pasaba un camión de Shell que se dirigía a la petroquímica, no muy lejos de donde estábamos. Eran las tres y media de la tarde, había sol pero hacía frío; metí las manos en los bolsillos y observé a nuestro alrededor: basura en la calle de tierra, un patrullero estacionado a pocos metros y un pequeño parque que contrastaba con las casas de chapa, los perros vagabundos y una señora arrastrando un carrito repleto de cartones y botellas de plástico.

Llegaron a buscarnos y entramos al barrio, en donde un grupo de chicos que asisten a un comedor comunitario llamado "Los amiguitos", nos estaban esperando. Caminamos por caminos que no eran calles y esquivamos charcos de agua estancada de lluvias otoñales de hace quince días atrás. Sentí mi garganta arder por aquel olor ácido que había en el ambiente; estábamos en una zona en emergencia ambiental, no teníamos la menor duda. Los desechos químicos e industriales están matando todo.


Yo iba hablando con Hebe, una compañera que conocí el año pasado cuando hice el CBC, a quien mencioné en una de las primeras entradas de Crónicas Universitarias. Ella me preguntó si alguna vez había entrado a una villa y yo asentí, no era la primera vez. Durante mi infancia me tocó vivir en varias ciudades del conurbano del Gran Buenos Aires y a las villas las conocía, pero nunca me adentré tanto en una como aquel último día de abril del año 2016.

Llegamos al comedor y nos hicieron pasar. Sentados todos en su lugar, nos recibieron con un tímido "hola". Yo sonreí, eran un montón. Saludamos a las mujeres encargadas del comedor, trabajadoras de una textil y fundadoras de una cooperativa, que nos dieron la más cálida bienvenida.
Allí dentro de aquel sector de cuatro paredes hechas de chapas, había una pequeña cocina, una televisión, un sillón, dos mesas y muy poca luz. A penas cabíamos todos.

Cuando salimos afuera para presentarnos, los chicos salieron corriendo y se dispersaron. Unos se pusieron a jugar a las cartas, algunas nenas se nos acercaron curiosas, y otros exclamaron, mientras corrían a esconderse: ¡Esas chicas nos van a hacer estudiar!

Como lectores se preguntarán por qué les estoy contando esto; como seguidores del blog dirán: "Aylén otra vez escribiendo un post más distinto que el otro"; y como persona perteneciente a una sociedad, se preguntarán: ¿Qué hace ahí? ¿No es peligroso?


Cuando empecé la universidad, sabía realmente por qué había elegido estudiar y ser una profesional. Muchos pensarán que solo lo hago para que en el día de mañana, cuando me reciba, tenga mi trabajo, mi casa, mi familia y mi dinero —en simples palabras, para tener éxito en la vida—. En realidad ese no es mi caso. Yo elegí entrar a la universidad y estudiar comunicación social para formarme como una profesional que tenga las herramientas necesarias para, todos los días, hacer una sociedad y un mundo mejor. Creo en la comunicación como una de las tantas herramientas que existen para cambiar el mundo: para contarle a la gente las cosas que pasan y cómo somos realmente; para hacer ver lo que los otros no quieren ver y darle voz a los que no la tienen. Y así, como yo, mis compañeras iban con otras visiones y objetivos: una estudia periodismo, otra psicología, otra enfermería, otra abogacía, otra medicina, y Hebe, comunicación como yo.
¿Qué sentido tiene estudiar tantos años, cursar tantas horas y tener un título, si no conocemos la realidad que nos rodea... si no intervenimos con las injusticias de nuestra sociedad? ¿Salís de la universidad solo para trabajar? Te estás olvidando de que un profesional existe y está para contribuir con la comunidad, sino, ¿para qué existen los médicos, los abogados, los ingenieros, etc.? Todos, absolutamente todos, desde distintos ámbitos y vocaciones, hacemos algo en la sociedad, ya sea positiva o negativamente.


Nos sentamos en el piso y llamamos a todos para hacer una ronda, pero, ¿Para qué estábamos ahí? A los nenes les explicamos que vamos a ir todos los sábados para jugar con ellos, hacer talleres, actividades recreativas y para ayudarlos a hacer la tarea de la escuela. A partir de ese día nos convertimos en educadoras populares: no somos una luz que ilumina mentes oscuras sin conocimiento, sino que somos aprendices de ellos y ellos aprendices de nosotras. Algo así como una especie de retroalimentación educativa: nosotras les enseñamos a ellos y ellos nos enseñan a nosotras. Un vínculo que cruza dos lados constantemente. Un ida y vuelta.
En esa ronda cada uno se presentó y, uno de ellos —luego de presentarse como Robertito—, nos dijo que quería aprender a leer y nos pidió que le enseñáramos para "poder leer todos los libros que tiene en su casa". Una vez que nos conocimos todos, me acerqué particularmente para entrevistarlos uno por uno. 

¿Cómo te llamás? ¿Cuántos años tenés? ¿En qué grado estás? ¿Cuál es la materia que más te gusta y cuál es la que no? ¿En qué materia necesitas ayuda con la tarea? ¿Sabés leer y escribir? ¿Sabés sumar, restar, multiplicar, dividir? ¿Cuál es tu juego favorito?
Yo y Hebe entrevistamos a cada uno y no puedo explicar todo lo que sentí al comunicarme con ellos. Muchos tenían vergüenza o eran tímidos a la hora de responder las preguntas, pero la mayoría se me acercaba con entusiasmo y, entre risas, compartían conmigo un pedacito de sus vidas. Cada nene y cada nena me abrió su mundo y me contestó con sinceridad, un poquito sobre quiénes son.
Cuando llegué al último que me quedaba para entrevistar, no me imaginé lo que me iba a decir.

-Hola, ¿cómo te llamás?
-Jorge.
-¿Cuántos años tenés?
-Once.
-¿En qué grado estás?
-No voy a la escuela.

No va a la escuela.

-¿Por qué no vas?
-Y... porque tengo problemas con mi familia y nadie me lleva, pero yo quiero ir.
-¿Vos querés aprender a leer y a escribir?
-Sí.
-Bueno, nosotras te vamos a enseñar y vas a poder leer y escribir todos los libros que quieras.

Luego de conocer a Jorge ya no daba más, necesitaba llorar por un momento. Después de conocerlos y saber en qué condiciones estaban viviendo, ya no me sentí igual.
Respiré, le sonreí y le pregunté cuál era su juego favorito: "El fútbol", me contestó. "¡Qué genio!" Le dije. Y lo vi sonreír.
Hace unos segundos atrás casi nos ponemos a llorar los dos, pero en ese momento ya estábamos sonriendo. Así, con segundos de diferencia.
Miré mi cuaderno con un nudo en la garganta y me di cuenta de que habían muchos que no sabían escribir, y al igual que Jorge, algunos tampoco iban a la escuela.





Ya eran casi las cinco de la tarde y después de merendar, cada uno se preparó para volver a sus respectivas casas. Mientras se iban y dejaban la taza donde antes había arroz con leche, los vi temblar de frío. Uno de ellos tenía fiebre y estaba tirado en el sillón del comedor. Imágenes que para mí, fueron fuertes.

En ese instante ya no estaba viendo a una sociedad como masa —como cuando les escribo por acá y les digo qué es la sociedad—, tampoco estaba escuchando un teórico sobre cultura y sociedad en la Facultad de Sociales. Simplemente me encontraba en el sector más ignorado por todos nosotros. Yo estaba ahí con ellos: con los ninguneados, con los abandonados y con los peligrosos.
¿Cómo cruzarse de brazos y no hacer nada, después de saber que a esos nenes se les priva de sus derechos como el comer, ir a la escuela y saber leer y escribir? ¿Puedo culpar a la política, al Estado, a Dios? ¿A quién puedo culpar mientras me siento a ver la televisión y espero que se solucionen las cosas? Podría elegir la ignorancia y ser feliz, tapándome los ojos cada vez que se me presenta algo como esto, total estas cosas siempre ocurrieron y van a ocurrir, ¡Tantos niños en todo el mundo que viven en estas condiciones!

La gente que me conoce, incluso mi familia, me dijeron que estoy loca, que estoy al pedo y que eso es muy peligroso... que algo me va a pasar.
Si estoy loca por querer mejorar la realidad, puede ser; si estoy al pedo es algo discutible; si es peligroso... bueno, podría ser, pero lo único que me va a pasar al ir todos los sábados para estar con esos chicos, es sentir que al fin estoy haciendo lo que siempre quise: no conformarme frente a las injusticias de nuestra sociedad y hacer algo para cambiarlas.

El día de ayer, para mí, fue un día triste e indignante... pero esperanzador. Espero que este post les haya llegado a ustedes tanto como a mí aquella experiencia, porque ya no sé de qué otra manera explicar lo que viví al conocer a esos nenes.

Leer más...
Leer más...

23 abr 2016

Comunicación: El silencio que nos invade

5 comentarios:
Sentados en el sillón, observando la pantalla que refleja el nuevo programa de chimentos o el canal de noticias que relata brevemente lo que ocurrió durante el día para que estemos informados; todo eso sin mover los labios, pero asintiendo con la cabeza, comportándonos así en receptores pasivos de los que tantos especialistas se preocuparon en refutar dentro del ámbito de la comunicación.

No movemos los labios, no articulamos con la boca, no pronunciamos palabras. Nos gusta ver y escuchar cómo hablan por nosotros y cómo se dedican a pensar en nuestro lugar. Queremos vernos representados ahí o, por lo menos, ellos intentan que dejemos que nos representen, que hablen por nosotros.


Estamos callados cuando nos sentamos en la computadora y cuando agarramos el celular, cuando revisamos y actualizamos nuestras redes sociales. El único sonido que se registra es el teclear del teclado de ambos aparatos, el único movimiento a simple vista es el de los dedos de la mano que escriben en el teclado y el de los ojos deslizándose para la lectura. Así mandamos mensajes y whatsapps. Así publicamos estados en facebook y así tuiteamos en twitter: en silencio.

Una comunicación silenciosa. Una situación comunicativa distinta que nos hace sentir cómodos.
Cada día estamos más lejos de la antigua retórica y de la simple comunicación escrita de décadas anteriores. No me refiero al silencio de la lectura individual, ni al silencio que realizamos al escribir una carta. Es un silencio posmoderno que ocurre solo cuando las sociedades caen en el vicio de las nuevas tecnologías.



Individuos mudos, televisiones a todo volumen, representaciones y representantes que no se callan para mantenernos callados.
A veces sucede que una pequeña masa rompe el silencio y se manifiesta en la calle. Pero nadie los escucha porque los demás eligen taparse la boca. Solo cuando una sociedad suelte el teléfono, apague la computadora y el televisor, el silencio se va a escuchar como nunca; y así, nadie ni nada va a poder silenciar a los individuos que se dieron cuenta de que podían hablar por sí solos.
Leer más...
Leer más...

24 jul 2015

La comunicación en el transporte público

5 comentarios:
Desde que abrí el blog, este es uno de los posts más fumados que escribí. A no asustarse, que estoy de vacaciones.

¿Nunca se pusieron a pensar que cuando caminamos por la calle o cuando estamos viajando en el colectivo o en el tren, estamos constantemente interactuando con otros? Sí, aunque los ignoremos o aunque solo crucemos miradas.

En semiología estudié mucho sobre el espacio público como espacio comunicativo y creo que me enamoré de todo eso: la ciudad, la gente, las calles... lo urbano; sí, de eso: lo urbano. La comunicación en lo urbano.
Yo creo que para conocer una sociedad específica de cada ciudad, hay que entrar por estos parámetros, es la única manera de saber cómo es y cómo se comunica; su forma de comunicar ya te está diciendo cómo se caracteriza... en resumen, refleja lo que realmente es. Yo propongo el método de la simple observación como primer apuesta. Después claro, el método de la experimentación para comprobarlo todo.


Resulta que en estos cuatro meses que comencé a estudiar un poquito la sociedad y su comunicación, nos entendí un poco más (y déjenme decirles que estamos jodidos, muy jodidos. Aunque hay algunas cosas que se pueden rescatar).
Hoy les traigo un simple análisis en un texto, de la sociedad que me rodea (en realidad es una simple investigación introspectiva) very corto (mentira) para flashearla un poco que ya soy toda una licenciada en ciencias de la comunicación (y la realidad es que soy una novata cualquiera). Pero acá va:

Imaginate que a las 5:00 am de un lunes te suena la alarma y te tenes que levantar; lo hacés, te lavás la cara, tiritás un poco de frío y te preparas el desayuno. Hoy te toca cursar en la facultad y tenes que tomar el tren y un colectivo. Rogás que el saldo de la sube te alcance mientras mirás al meteorólogo de las noticias y pensás: "qué ganas de volver a dormir". Terminas de tomar el café, vas al baño, te lavas los dientes y te cambias de ropa. Agarras las bufanda y los guantes (que no se te olviden, por favor), acto seguido agarras la llave y salís. Ah no pará, ¡los auriculares! Ahora sí. Te sonás los mocos, encendés la música de tu celular, masticás chicle y caminás hacia el andén.
Acá dejás de ser vos -alguien encerrado en su esfera privada-, porque cuando llegas al espacio público, te convertís en alguien más; te unís con las otras personas para ser una sociedad en el transporte público. Y si los observás bien, te das cuenta cómo son y cómo se comunican con vos: cuando las puertas del tren se abren y querés entrar, todos te empujan. A todos los sujetos que te rodean lo único que les importa es viajar sentados, a vos ni te conocen ni les importás.
Todos se sentaron.
Acá es cuando las miradas comienzan a cruzarse: los sujetos necesitan conocer cuál es su espacio y con quiénes lo comparten. Un vendedor ambulante interrumpe la interacción de miradas entre las personas del vagón con su voz chillante. El tren arranca y de repente los sujetos dejan de mirarse y cada uno busca perderse en lo suyo: dormir, leer, escuchar música, hablar con el de al lado, mirar por la ventana o acosar a alguien con la mirada. Ah, algunos juegan al candy crush pero de esos ni hablemos.
Ese primer proceso de comunicación que por un momento era colectivo, se fue esfumando, convirtiéndose en una relación de individualización, a medida que lo desconocido se volvió conocido y cada uno en aquel espacio encontró qué hacer o de qué otra forma comunicarse, pero esta vez de manera fragmentada... cada quien con lo suyo.


Una vez que pasaste de tu esfera privada al espacio público, te convertís en alguien más de esa sociedad y no solo compartís e intercambiás interacciones, sino también vivencias y experiencias. Te puede pasar que te empujen (y te pidan disculpas o no), que te miren (de manera desinteresada o no), que te hablen (sí, que te hable un desconocido), que alguien te apoye (mientras no te podes mover porque hay exceso de gente en el tren), que una señora te vea resaltando un apunte de la facultad y te señale lo que te faltó, que una viejita te empiece a contar así de la nada que fue tres veces al manicomio y se ponga a llorar casi en tus brazos, (acá comenzás a preguntarte qué es lo que tenes con las viejitas) que otra se te aparezca de repente y te pregunte qué edad le das (recomendación: siempre darle diez años menos de lo que parece), que alguien te ate un preservativo en la mochila y camines un par de cuadras con eso colgando sin que te des cuenta, que un chico se caiga arriba tuyo y lo atajes cual película romántica porque el bondi dobló de golpe; puede que te enamores a primera vista y después nunca más lo vuelvas a ver, puede que alguien levante del suelo esa moneda que se te cayó y te la devuelva con todo el desinterés del mundo, puede que alguien te acose con la mirada durante todo el viaje, puede que un vendedor ambulante te cause gracia y simpatía (y te rías cada vez que lo escuchas decir que "vende cartas españolas" con acento italiano).
En conclusión, en el espacio público puede pasar de todo.

Todos son hechos, interacciones y reacciones que en conjunto se vuelven anécdotas y que a la vez, estas te dicen quiénes son los que te rodean. Nada de lo que pasa en un espacio público está planeado, todo surge por distintos motivos cercanos a la improvisación y a la mera espontaneidad; y en el transporte público, por lo general, es donde más se rompen las reglas naturales de lo "normal": en donde lo común es ignorarnos y evitarnos, en esquivarnos cuando caminamos... es muchas cosas que se naturalizaron y transformaron por nuestra forma de ser como sociedad que refleja claramente nuestra cotidianidad.


Somos lo que comunicamos, lo que mostramos cuando interactuamos con un desconocido; somos lo que somos cuando estamos en la calle, porque somos alguien más de eso que es mucha gente; una persona más, un sujeto que se unifica con la sociedad y que es parte de ella todo el tiempo. Porque somos sociedad, somos una sociedad que produce urbanidad y comunicación: en la calle, en la vía o en el transporte público... en todos lados.
Leer más...
Leer más...