23 abr. 2016

Comunicación: El silencio que nos invade

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Sentados en el sillón, observando la pantalla que refleja el nuevo programa de chimentos o el canal de noticias que relata brevemente lo que ocurrió durante el día para que estemos informados; todo eso sin mover los labios, pero asintiendo con la cabeza, comportándonos así en receptores pasivos de los que tantos especialistas se preocuparon en refutar dentro del ámbito de la comunicación.

No movemos los labios, no articulamos con la boca, no pronunciamos palabras. Nos gusta ver y escuchar cómo hablan por nosotros y cómo se dedican a pensar en nuestro lugar. Queremos vernos representados ahí o, por lo menos, ellos intentan que dejemos que nos representen, que hablen por nosotros.


Estamos callados cuando nos sentamos en la computadora y cuando agarramos el celular, cuando revisamos y actualizamos nuestras redes sociales. El único sonido que se registra es el teclear del teclado de ambos aparatos, el único movimiento a simple vista es el de los dedos de la mano que escriben en el teclado y el de los ojos deslizándose para la lectura. Así mandamos mensajes y whatsapps. Así publicamos estados en facebook y así tuiteamos en twitter: en silencio.

Una comunicación silenciosa. Una situación comunicativa distinta que nos hace sentir cómodos.
Cada día estamos más lejos de la antigua retórica y de la simple comunicación escrita de décadas anteriores. No me refiero al silencio de la lectura individual, ni al silencio que realizamos al escribir una carta. Es un silencio posmoderno que ocurre solo cuando las sociedades caen en el vicio de las nuevas tecnologías.



Individuos mudos, televisiones a todo volumen, representaciones y representantes que no se callan para mantenernos callados.
A veces sucede que una pequeña masa rompe el silencio y se manifiesta en la calle. Pero nadie los escucha porque los demás eligen taparse la boca. Solo cuando una sociedad suelte el teléfono, apague la computadora y el televisor, el silencio se va a escuchar como nunca; y así, nadie ni nada va a poder silenciar a los individuos que se dieron cuenta de que podían hablar por sí solos.
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15 abr. 2016

Crónicas universitarias: ser estudiante de sociales

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La semana pasada, la profesora de Derecho a la Información, entró al aula y dijo: "saquen una hoja y escriban cómo se imaginan una sociedad sin Estado". Todos abrimos grandes los ojos e intercambiamos miradas de sorpresa. Nadie se lo esperaba, mucho menos alguno se sentó a imaginarse una sociedad sin Estado, ¿acaso alguien se pone a pensar sobre lo que no existe?

Al principio me quedé en blanco. Después pensé y se me ocurrieron dos tipos de sociedades: una con Estado, y la otra sin Estado. Me sentí insatisfecha cuando plasmé mis pensamientos sobre el papel, pensé que me iba a salir algo más que cuatro simples líneas. Lo entregué, si estaba mal no me iba a importar, total la consigna era "imaginar".
El martes, cuando ella volvió para darnos clase, dijo que había leído todas las respuestas y que quería hacer una devolución. "Quiero empezar con una persona... ¿quién es Aylén Fuente?" Dijo y miró al vacío, esperando una señal. En ese momento, insegura de mí misma, insegura de lo que me iba a decir y de lo que yo misma había escrito, levanto la mano y digo, aceptando el peor de mis pensamientos: "yo..."
La profesora me miró y sonrió, a mí me temblaban las manos como tonta. "Aylén, qué bien que escribís. Se sintió que lo hiciste sin miedo, de una manera directa y sin importar cuál es mi ideología" —ponele que me dijo algo parecido, porque estaba tan bloqueada que a penas recuerdo sus palabras—. Desde ese momento, me sentí menos tonta al escribir sobre nosotros... sobre la sociedad.

Y sí, a veces me siento de esa forma haciéndolo, a excepción de cuando me pongo a filosofar: en la parada del bondi, mientras viajo y escucho música, mientras viajo en el tren y leo los apuntes, cuando camino por la calle, cuando estoy en la facultad... cuando nos observo como sociedad.
¿Qué somos? ¿Qué nos pasa? ¿Por qué somos así? ¿Por qué tan iguales y tan distintos?
Pensar como nosotros en conjunto, no me da tanto miedo después de todo.


Y hay días en los que la paso mal viajando en hora pico en el bondi o en el tren para ir a la facultad, toda apretada al lado de uno que se está bajando una botella de cerveza y no deja de mirarme. Y hay días en los que entablo una conversación divertida con un viejito porteño en la parada del 60 y me hace creer que hablar con extraños no es tan malo después de todo; o hay días en los que le dejo mi paquete de galletitas a un señor que duerme en la calle, o hay días en los que un nene me sonríe y se esconde en las piernas de su abuelo. Hay días en los que leyendo los apuntes de antropología, sobre las igualdades y las diferencias entre seres humanos, mientras viajo en el 100, se sube un señor con nariz de payaso, nos hace reír a todos y nos regala un chupetín a cada uno. Sí... hay días en los que la paso mal y hay días en los que disfruto comunicarme con desconocidos.

La profesora tenía razón al decir que no tuve miedo al escribir. Es verdad, no tengo miedo de escribir,  tampoco de filosofar, de preguntarme ni de responderme, de observarnos como sociedad, de tratar de entendernos y de intentar encontrar la clave para que día a día seamos un poquito mejor. Quisiera viajar al pasado y decirle a la Aylu chiquita: "estoy tan orgullosa de vos... hacé eso que querés hacer, hacelo. Escribí. Escribí todos los cuentos, todos esos pensamientos, todas esas novelas y esos relatos y no tengas miedo de leerlos en voz alta en clase. Y seguí pensando así, yo sé que la gente, la sociedad en sí, te asusta; pero es lo que vos mañana vas a elegir para mejorar. No importa si ahora tenés miedo, porque te aseguro, que mañana ya no lo vas a tener".

Por algo hoy soy estudiante de sociales, por algo escribo todo esto... no sé; ni siquiera sé por qué estoy haciéndolo, fue algo que me nació de repente.
Hoy cuando les cuento a la gente que conozco, que voy a empezar a dar clases de apoyo a unos nenes de primaria  que asisten a un comedor comunitario y viven en las villas, me preguntan: "¿Eso no es peligroso? ¿No tenés miedo?"
Miedo me da no hacer nada, miedo me da que algún día en mi vida, la sociedad me deje de importar. Que nuestro bienestar, como comunidad, me deje de interesar. Y sí, a veces me siento desprotegida en el espacio público, a veces me siento insegura viajando entre tantos desconocidos... y aún peor es acordarme de las recomendaciones de mi familia: "Aylén cuidá tu celular, llevá la mochila adelante, no vayas por tal lugar, no camines sola por Constitución..." que me hacen sentir confundida al querer cuidarme de la sociedad y a la vez querer analizarla y cambiarla. 

Me tocó ser mujer, idealista y estudiante de sociales. Me tocó tenernos miedo (ya no), me tocó admirarnos y odiarnos, también desilusionarme de nosotros mismos. Me tocó querer mejorarnos.

¿Qué sería de mí si fuera alguien a la que no le importara nada? ¿Estaría escribiendo? ¿Estaría desobedeciendo a mamá cuando me dijo que no me meta en el proyecto de Barrio Adentro y que no estudiara esta carrera? ¿Tendría un blog? ¿Me habría imaginado a una sociedad sin Estado? ¿Qué me hubiera dicho la profesora de Derecho, si yo no hubiese escrito eso? ¿Sería estudiante de sociales?

A veces me pongo a pensar y llego a la conclusión de que ser estudiante de sociales no es leer cinco kilos de textos por día, que hablan sobre la sociedad, sobre la cultura y la política. Ser estudiante de sociales es muchísimo más que eso. Es el querer ver la realidad, el querer conocernos más, el querer cambiarnos. Porque nos interesa, porque lo elegimos y porque a pesar de ser tildados como los que estudiamos "lo más fácil", estamos acá enfrentando la más triste realidad que es el estudiar a la sociedad. Porque les aseguro que no hay nada más complejo que nosotros mismos en conjunto, tan inestables y desordenados, tan iguales, tan diversos y cambiantes.

Cuéntenme, ¿qué se siente ser estudiante de artes, de medicina, de económicas, de ciencias exactas, etc? Yo ya les conté que se siente ser estudiante de sociales.


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1 abr. 2016

Reflexiones filosóficas: Una sociedad feliz

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De todas las cosas que llegué a preguntarme a lo largo de mis diecinueve años, este tema fue uno de los que más retumbó en mi mente.
Después de reflexionar un poco sobre que estamos perdidos, qué es lo que somos, por qué estamos acá y cuáles son los efectos de que vivamos en el mundo; llegué a preguntarme sobre nuestra felicidad y nuestro estado de ánimo como sociedad.

Desde hace unos cuántos meses me la paso escribiendo ensayos sobre la problemática de las sociedades actuales en la era de la comunicación y el consumismo en exceso —que actualmente estamos atravesando—. Sí ya sé, estoy media loca. Aún así creo que mis investigaciones son bastantes refutables y me va a costar publicarlas algún día, pero disfruté mucho escribiéndolas... tal vez en algún momento las comparta por acá. 
El punto es, que uno de esos ensayos me llevó a escribir esto para ustedes. La hora de ponerse filosóficos acaba de empezar.


No sé ustedes, pero yo no veo que seamos una sociedad feliz. Somos consumidos y desgastados por los mismísimos factores de los cuales dependemos. El famosísimo hecho social que se nos inserta previamente a nuestro nacimiento, como es el de nacer, crecer, ir al colegio, ir a la universidad, trabajar, tener familia y morir (o en el orden que quieran o con variantes distintas), nos demuestra que la fórmula de vida del ser humano es casi la misma. Tenemos una vida tan corta y a la vez llena de obligaciones y cosas por hacer que individualmente nos sentimos obligados en cumplir y seguir el camino de manera correcta. Puede que este hecho social no sea nuestro verdadero problema; de hecho, creo que no lo es. Hay cosas peores.




El otro día leí una nota sobre una entrevista que le hicieron a Bauman, un sociólogo que me tocó estudiar el año pasado en sociología y del cual me gustó su manera de ver a las sociedades actuales. Este pensador pesimista (aunque yo lo describiría como un pensador realmente realista), creó el concepto de "modernidad líquida" en la cual vivimos actualmente:

"Todo fluye rápido en nuestras vidas, todo es temporal y pasajero. Incluso los trabajos". Y explicó que: "si tienes más seguridad tienes que renunciar a cierta libertad, si quieres más libertad tienes que renunciar a cierta seguridad. Ese dilema va a continuar para siempre. Hace cuarenta años creímos que había triunfado la libertad y estábamos en una orgía consumista. Todo parecía posible mediante el crédito: que quieres una casa, un coche... ya lo pagarás después". A la vez, dice: "(...) mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde lo único que ven son sus reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa".
Fuente de la entrevista.



Cuando leí a Bauman, entendí que lo que estaba pensando iba por el camino correcto. Somos una sociedad que cree ser feliz y cree estar bien. Vivimos girando siempre en la misma órbita y desconocemos lo que está más allá de nuestro trabajo, de nuestros estudios y de lo que está más allá de la televisión y las redes sociales. Vivimos excediendo límites y caemos en los vicios sociales como el trabajo extra, el ocio extra, el entretenimiento de más... más y más comodidades y más trabajo para vivir mejor; cuando a lo largo del tiempo, todo esto produce el efecto contrario.
Nadie está mejor trabajando mucho y he aquí uno de los factores que producen la infelicidad en las sociedades. Trabajar, pero por obligación y para abastecer nuestra economía "hay que desvincular el trabajo con la supervivencia", dijo Bauman.


¿Qué pasaría si todo ser humano en el mundo se dedicara a sus pasiones? Trabajos apasionados, les diría yo. Incluso una persona que no elige estudiar, posee algo que le gusta hacer. Eso se debe convertir en un trabajo productivo para colaborar con la comunidad. Hay demasiados puestos de trabajos inútiles y con empleados que podrían estar haciendo algo mejor para contribuir positiva y constructivamente con el mundo. Pero sí, ya sé, es un pensamiento idealista.

Otro factor causante de nuestra infelicidad, creo yo, es el dinero. Más bien podría ser el factor principal y el que más nos afecta universalmente. El mundo se mueve en pos de la economía, nosotros funcionamos y vivimos dependiendo de ella. 
Lo admito, es inevitable en nuestra naturaleza, el ser humano es ambicioso, egoísta y tiende a intercambiar... así progresó el mundo. Pero el problema es que la economía pasó a ser prioridad por sobre todas las cosas y pasamos a ser esclavos (inconscientemente) del dinero y del valor. Le damos demasiada importancia a los números y a querer tener más cosas. Tal es el exceso que nos volvimos materialistas y consumistas compulsivos, nos encariñamos y queremos más las cosas que conseguimos con el dinero incluso más que nuestras propias vidas. Queremos lo que no necesitamos y compramos de más... total somos libres.
Todo gira alrededor de la economía, es como el Sol del Sistema Solar.



Esta prioridad que le damos a la economía, nos afecta negativamente como masa. Eso provoca y manifiesta los trabajos de hoy y todo el sistema laboral existente. El círculo sigue y termina afectándonos en la vida privada: preocupaciones, estrés, cansancio, endeudamientos y más ambición: llegamos a casa y solo hay tiempo para comer y dormir... en simples palabras: descansar.

El descanso cotidiano en la era de la comunicación, es el sentarse a ver la televisión o revisar las redes sociales. Vemos a "la realidad" en el canal de noticias, cuando realmente estamos viendo solo una pequeña parte de ella. También nos informamos instantáneamente y a la vez construimos nuestra opinión desde otras opiniones. Agarramos el celular y contestamos mensajes, intentamos no "clavar el visto" o que no nos lo claven, mantenemos nuestro facebook y nuestro twitter actualizados e interactuamos virtualmente con nuestros amigos, conocidos o desconocidos. Todo esto sin movernos de donde estamos sentados y sin tener que usar mucho nuestra mente, ¿la tecnología nos controla o nosotros controlamos a la tecnología?
Estamos encerrados en una esfera en el que creemos que es nuestra protección.


La economía y en especial la tecnología de hoy nos llevan a desgastes y comodidades excesivas que nos privan de ver el mundo fuera de nuestro mundo privado. Consumimos cosas innesesarias y deseamos lo que no necesitamos. La imagen es más importante que las palabras, demandamos televisión basura y todo esto afecta negativamente a la evolución de nuestra cultura, nuestra educación y el enriquecimiento de valores. Desconocemos nuestro mundo, nuestra naturaleza y todo lo que nos rodea. Dejamos la canilla abierta de más porque nunca padecimos sed, nunca vivimos ni entendimos del todo sobre qué pasaría si algún día nos quedáramos sin ella. Actuamos con inconsciencia e irresponsabilidad porque tenemos demasiado y vivimos en nuestros cómodos y reconfortantes hogares, donde las consecuencias no se ven a simple vista. Vivimos encerrados y con miedo, lo desconocido y lo osado o aventurero no es bien visto para la opinión popular y de repente somos una sociedad que lo único que le importa es llenar el bolsillo, no importa de qué manera. Vivimos para ganar dinero y necesitamos el dinero para poder vivir. Nuestro único objetivo a lo largo de nuestra vida es ese. Muchas veces se sobrepone por lo que verdaderamente nos hace feliz. Ya no hay tiempo para leer, ya no hay tiempo para estar entre la naturaleza, para enriquecernos culturalmente, para aprender cosas nuevas y constructivas. Hay poco tiempo para dormir, ver la televisión y pasar el día en la computadora. Los días son cortos y pasan más rápido.

Nuestra mente crea una barrera. Rechazamos lo desconocido y lo que podría hacernos crecer como sociedad, aunque la mayoría de las veces ignoramos todo aquello. No nos interesa... es una pérdida de tiempo.
Seguimos viendo distinciones entre seres humanos y creamos fronteras y diferencias de todo tipo. Rechazamos lo que no parece "normal". Reprimimos nuestra propia felicidad, nos encerramos en nuestro propio círculo vicioso y eso nos gusta.
La diversidad nos da miedo, nos gusta vernos iguales... similares.
La "liquidez" (como diría Bauman), de esta sociedad no deja tiempo para criar bien a nuestros hijos y permitimos que la tecnología realice gran parte del trabajo.
Estamos encerrados en una esfera llena de vicios y excesos, nunca encontramos el punto medio. Somos autodestructivos. Pero, ¿cómo sería una sociedad feliz? ¿Es posible eso? 

A veces me pregunto esto y se me cruzan decenas de respuestas y posibles soluciones.

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